Buceando en la leyenda

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lunes, 8 de mayo de 2017

El presidente que se vistió de mujer (aunque no era un travesti)

Ehud Barak (nac. 1942) fue presidente de Israel entre los años 1999 y 2001, aunque no voy a relatar sus acciones al frente del gobierno.

Hay una película de Steven Spielberg, llamada Múnich (2005), que cuenta la historia que aconteció tras los terribles atentados producidos en los juegos olímpicos (por la organización terrorista llamado Septiembre Negro) que en aquel año se produjeron en la ciudad alemana que da nombre a la cinta cinematográfica. Los terroristas palestinos causaron la muerte de once atletas judíos, y el gobierno de la presidenta Golda Meir tomó la determinación de perseguir a los causantes de la conspiración  y eliminarlos. Todos los mecanismos secretos del Estado se pusieron en marcha para llevar a cabo la misión, incluido el Mossad, los implacables servicios secretos de Israel.




Cartel de la película "Múnich".




La película es bastante fiel a los hechos: se "cazaron" palestinos vinculados a la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), de la que nació Septiembre Negro, por todas las grandes ciudades de Europa: Roma, París..., hasta que les llegó información de que se habían encontrado a tres de ellos en la ciudad de Beirut (Líbano). Sus nombres eran Kamal Nasser, Kamal Adwan y Muhammad Youseff. El problema que se les planteó a los agentes del Mossad es que el objetivo era mucho más ambicioso que los precedentes, ya que se encontraba en un país hostil y, para más inri, en un santuario de los palestinos: el cuartel general en el Líbano. A los agentes secretos no les quedó más remedio que solicitar el apoyo del ejército israelí, y más en concreto de sus magníficas y entrenadas fuerzas de élite.

Por aquel entonces Ehud Barak formaba parte de los Sayeret Matkal, la élite de los comandos de Israel, unos de los grupos de operaciones especiales más afamados y eficaces del mundo. El plan israelí para eliminar los objetivos palestinos era el de que un grupo de soldados se hiciera pasar por un grupo de chicos jóvenes dispuestos a pasárselo bien durante la noche del 9 al 10 de abril de 1973. Para levantar las menores sospechas posibles, algunos de los militares israelíes se tuvieron que disfrazar de mujeres, y entre ellos se encontraba el que llegaría a ser el primer ministro de Israel (aunque por entonces no lo sabía).

La operación fue llevada a cabo con éxito, en el sentido de que los tres objetivos fueron "eliminados",  además de otras decenas de palestinos militantes de la OLP, aunque de parte judía contaran con dos bajas mortales. Los demás integrantes del comando fueron evacuados en helicóptero y partieron rumbo a Israel.



Ehud Barak.





Hay otro presidente que se vistió de mujer, aunque, sí esta vez, estando ejerciendo de presidente de los Estados Unidos.

Aunque no lo parezca, Abraham Lincoln se tuvo que vestir de señora en cierta ocasión por causa de fuerza mayor. En febrero de 1861 tuvo que ir a pasar unos días en Illinois. Los rumores de un atentado llegaron a sus oídos por lo que tuvo que recurrir a la contratación de los servicios del detective Allan Pinkerton, que le aconsejó disfrazarse de mujer y apearse en una parada anterior a la estación de Baltimore, que era adonde le aguardaban los posibles asesinos. El plan fue exitoso y, esta vez, Lincoln salió bien parado, aunque, como todos sabemos, apenas unos años después, en 1865, moriría abatido en un atentado que si sería exitoso.



Fuentes:

-Wikipedia.
-Blog Supercurioso.



domingo, 15 de mayo de 2016

El sacerdote que apuñaló a un rey.

Durante la segunda mitad del siglo XVI, y mientras que la España de Felipe II vivía en el cénit de su poder imperial, su país vecino al norte de los montes Pirineos, se desangraba en una serie de guerras interminables. Las divisiones religiosas ocultaban una lucha atroz por el poder de las familias aristocráticas francesas más relevantes. De un lado los católicos, de otro la familia real de los Valois, y de otro la de los protestantes, que en Francia eran conocidos como los hugonotes. En definitiva, se produjo uno de los muchos Juegos de Tronos que ha salpicado la historia, y que suelen acabar como ya sabemos: miles de muertos, siendo la mayoría de las clases más humildes, y un nuevo aristócrata subido al trono real.

Como el objeto de este blog es contar historias no demasiado largas, me voy a centrar en uno de los momentos más decisivos de todo el conflicto.

El 1 de agosto de 1589, las tropas reales de Enrique III estaban asediando la siempre importante ciudad de París. Unos meses antes el monarca cometió uno de los muchos crímenes infames que salpicaron la larga guerra civil; había llamado a su presencia al líder del bando católico, el duque de Guisa, que asistió de manera obediente (no se esperaba menos de un leal vasallo, a su llamada). Hay momentos en los que los hombres bajan la guardia ante la amenaza de ser traicionados, y cuando un noble francés es llamado a formar parte de unos Estados Generales, es decir una reunión parlamentaria, fue uno de ellos, ya que el duque acabó siendo presa fácil ante las numerosas estocadas que recibió de los hombres del rey.

Al día siguiente su hermano, llamado el cardenal de Guisa, correría la misma suerte, siendo descabezado de este modo el bando de los católicos. Como se verá más adelante, al rey poco le duraría la alegría.


Imagen que representa el apuñalamiento del rey Enrique III por parte del sacerdote Jacques Clément.


En una época tan violenta, llena de traiciones y asesinatos, sería muy importante poder contar con unos hombres fieles con los que poder cubrirse uno las espaldas. Además de eso, no sería posible confiar en mucha gente. A priori, hay un grupo social que es difícil de sospechar de que pueda mancharse las manos de sangre, y es el de los sacerdotes, o eso, al menos, es lo que debió de pensar el rey aquel día de verano.

A Jacques Clément, clérigo dominico, no le tuvo que sentar muy bien la noticia del mezquino asesinato de los hermanos Guisa, por lo que decidió pagar con la misma moneda a su soberano. Con la excusa de que llevaba cartas importantes desde la asediada ciudad de París, le fue concedida la audiencia personal ante el mismísimo Enrique III de Francia, que recibió al "hombre santo" con la más absoluta de las confianzas. Tanta que no fueron revisados sus ropajes, ya que ocultaban un arma blanca, capaz de matar a una persona por más sangre real que llevara en sus venas de color azul.

Cuando el monarca estaba leyendo la primera de las misivas sintió como la hoja afilada de un puñal atravesaba su bajo abdomen, aunque tuvo el coraje y la fuerza necesaria de sacarse el arma de sus entrañas y, con él mismo, darle una estocada al futuro matarreyes en su mismo rostro que pudo ver. Las heridas fueron letales y moriría la día siguiente el rey de Francia, aunque pudo nombrar como sucesor al protestante Enrique IV, el que sería el primer rey Borbón de Francia.

Así acabó la dinastía Valois, aunque no la guerra. Al monje homicida le esperaba una muerte atroz, como él mismo cabía de esperar: fue desmembrado en público y quemados sus restos, convirtiéndolos en cenizas que acabarían siendo arrojadas al río Sena, para que desaparecieran así para la eternidad.

En la España del siglo XIX tuvimos un caso de apuñalamiento real con muchos parecidos al anterior; se ve que el caso de Clément hizo escuela. En el mismo año de la Revolución francesa (1789) nació Martín Merino y Gómez en Arnedo (La Rioja, España), el que sería conocido como el cura Merino (no tiene nada que ver con el famoso guerrillero de la guerra de la independencia española contra los franceses y que era llamado de la misma forma).

Sin motivos aparentes como los del regicida francés, y sin pertenecer, según su mismo testimonio, a ninguna organización anarquista, que por entonces se empezaban a atentar contra reyes y presidentes en los países europeos, decidió que debía de acabar con la vida de la joven reina Isabel II de España, que en 1852 contaba con tan solo 21 años de edad, y acababa de tener a su primera hija.

Cuando regresó al Palacio Real, después de asistir a una misa en una iglesia de Madrid, un extraño sacerdote se le acercó con no muy buenas intenciones. Una vez más, las sotanas fueron un salvoconducto que guiaron la mano homicida hacia la presencia real, y una vez más fueron los hábitos religiosos los que albergaron el arma mortal, aunque esta vez el azar el que salvó la vida del monarca. La reina vestía un corsé con unos materiales de bastante dureza que impidieron que la herida producida por el estilete del cura Merino fuera mortal. Dicho corsé, que podéis ver en este enlace, era portado por la reina Isabel para recuperar su figura tras el embarazo de su hija.


El cura Merino.


Como al homicida del rey francés Enrique III, el destino del frustrado regicida español fue la muerte atroz, esta vez con previo juicio, a garrote vil, y la incineración de sus restos, que fueron esparcidos en una fosa común.



Fuentes consultadas:

-The french religious wars 1562-1598, de
-Wikipedia.
-Imágenes extraídas de Wikipedia.








lunes, 23 de noviembre de 2015

Cuando la guardia civil asaltó el Congreso

Uno de los acontecimientos históricos más célebres de la reciente historia de España fue cuando el teniente coronel Antonio Tejero, junto a varias docenas más de agentes de la guardia civil, asaltaron el Congreso de los Diputados, el día 23 de febrero de 1981. La interrupción en la cámara española fue el momento más visible de un intento de golpe de estado, que contaba con la colaboración de altos mandos del ejército, que pareciera querer derrocar una democracia aún tierna, en un país que todavía recordaba una dictadura, la del general Francisco Franco, que había fallecido en 1975, muy reciente aún en el tiempo.


El teniente coronel Antonio Tejero en el Congreso de los Diputados en una imagen icónica del siglo XX español.


Afortunadamente el intento de golpe fracasó, y la monarquía constitucional española, con el rey Juan Carlos I al frente, sobrevivió de manera exitosa a la prueba de fuego que se hizo patente cuando unos pocos guardias civiles, cuerpo policial de innegable lealtad al Estado español, entraron con sus fusiles en mano haciendo que casi todos los diputados en ese momento presente buscaran seguridad debajo de sus asientos habituales.

Si este suceso es bien conocido por la mayoría de los españoles, no lo es tanto el asalto al mismo palacio del congreso español, y teniendo de protagonistas también a un grupo de guardias civiles, casi cien años antes. Fue durante el llamado Golpe de Pavía.

La historia de España en el siglo XIX, esta plagada de pronunciamientos y alzamientos militares, provocados por generales destacados, que hacían y deshacían regímenes políticos, creando una inestabilidad manifiesta que perjudicaba de manera notable la sufrida vida de los habitantes peninsulares de la época. Pareciera que eran los militares de alta graduación los que manejaran los hilos del poder. De esta manera, España tuvo regímenes políticos de lo más variado, y parecía que ninguno funcionaba del todo bien: monarquía absoluta, república, dictadura, monarquía con un rey extranjero, con rey borbónico...

En fin, el diecinueve fue de lo más ajetreado..., y el 3 de enero de 1874 se produjo el anteriormente mencionado Golpe de Pavía, y que acabaría liquidando a la desastrosa I República española, que solo había durado un año. Por entonces el país se desangraba con guerras como la de Cuba o la carlista. Además, el advenimiento de la república trajo consigo la emancipación de distintos territorios peninsulares, produciendo un conflicto militar que intentó con éxito el que las fronteras interiores no se vieran alteradas.

Cuando los diputados se encontraban votando en la cámara española para cesar del gobierno a Castelar, la noticia llegó a los oídos del Capitán General de Madrid, Pavía, que pretendía apoyar a dicho político, y se presentó de manera apresurada con dos compañías de guardias civiles, además de otras unidades militares. Aunque los diputados habían asegurado quedarse en sus escaños cuando se habían enterado de la llegada del general, lo cierto es que huyeron despavoridos ante la presencia de los uniformados en el Congreso de los Diputados.


 


La I República murió de esta manera ese mismo día. Otro general, Serrano, tomó el poder, hasta la llegada del rey borbónico Alfonso XII, que convirtió a la nación en una monarquía parlamentaria.

jueves, 22 de octubre de 2015

Las otras "Bodas rojas" de la Historia.

Antes de empezar, os invito a que conozcáis la entrada de este blog que trata sobre la famosa Boda roja, de la serie de novelas Canción de hielo y fuego.

Durante la Edad Media, había que pensárselo dos veces antes de aceptar una invitación para comer, sobre todo si era para que asistiera toda la familia, el clan o algún grupo social, ya que era un momento idóneo para que los comensales, contentos de vino y con la panza llena, ofrecieran un blanco fácil para ser eliminados por un anfitrión ambicioso y cruel, que no le importaba pagar la cuenta sí, a cambio, podía eliminar a una gran cantidad de personas que le suponían una gran molestia, o les consideraba tan enemigos que eran dignos de ser traicionados y muertos, incumpliendo así toda norma esencial de hospitalidad e incluso de humanidad.

De todas las historias que voy a narrar, destaca un personaje que, si nos creemos todo lo que dicen las crónicas de él, era especialmente frío y sádico, por encima de todos los demás. Me refiero a Vlad Tepes, la misma persona que inspiró el Drácula de Bram Stoker.

Con la mente de un dictador al uso, Vlad pensaba que lo fundamental era tener a un país controlado y en orden para que las cosas funcionaran lo suficientemente bien, sin importarle lo más mínimo el individuo, cuando lo que estaba en juego era el bien común. Y entonces, de una manera tan sumamente pragmática, ideó la forma de eliminar a los pobres, a los lisiados y a los leprosos (es tan evidente, como es que nadie salvo a él se le ocurre algo tan genial... -que conste que estoy ironizando-). Como toda esa gente no servía para nada, es decir, que no aportaban nada productivo al Estado, y se dedicaban todo el día de modo ocioso a pedir limosna para intentar subsistir, les convocó a un festín.

Tras disfrutar de las viandas y de las bebidas aquellos que no estaban acostumbrados a ello en absoluto, Vlad Tepes, el voivoda de Moldavia, el malvado de la Historia y de las novelas de terror, les hizo una pregunta de lo más inocente, que era que si querían verse libres de preocupaciones y de privaciones. Y, como es natural, los mendigos del reino dijeron al unísono que sí (a ver, a quién le gusta vivir en la miseria y pasando hambre). Ante el asombro de sus vasallos (que a esas alturas ya estarían vacunados de espanto el ver como se las gastaba su jefe), Tepes mandó encerrar a todos los comensales y que le prendieran fuego al edificio donde se había realizado la última comida de los desheredados del reino. Ninguno saldría con vida y Tepes intentó justificar su malvada acción diciendo que la pobreza se podía erradicar eliminando a los pobres.


Vlad Tepes


Ramiro II (1134-1157) fue rey de Aragón. Siendo el hijo menor de Sancho Ramírez, no le quedaba a su alcance sentarse en el trono por lo que siempre anheló hacer carrera en la Iglesia católica, por lo que es conocido con el sobrenombre de el monje. Sin embargo, las circunstancias le hicieron ceñirse la corona, ya que sus dos hermanos mayores habían muerto sin descendencia.

En aquella época había una serie de nobles arrogantes en Aragón que no se comportaban con la debida consideración hacia su monarca. Eran tales los desaires que se permitían a su real persona, que llegaron a causarle un gran enfado (¿posible debilidad de carácter de Ramiro?, puede ser). Como se ve que no tenía gente de valía a su alrededor que le dieran algún buen consejo, el rey recurrió a su antiguo maestro, el abad de San Ponce de Tomeras, que le transmitió la simple idea de que las coles que sobresalen de un huerto deben de ser cortadas para que este quede de manera uniforme. Entonces, Ramiro entendió lo que debía de hacer...

Aunque la historia de todos estos sucesos se escribieron dos siglos después de los hechos reales, y la historia en sí pareciera en varios aspectos legendaria, los eruditos, que han estudiado las fuentes, han visto evidencias que en lo esencial si que pudo ocurrir de manera cierta la historia de la conocida como Campana de Huesca.

Ramiro el monje, siguiendo el consejo de su antiguo mentor, llamó a los díscolos nobles más prominentes del reino, para mostrarles una campana que iba a realizar y, que según sus propias palabras, iba a ser oída en toda Aragón. Entonces, obedientes esta vez a su soberano, aceptaron la invitación intrigados por ver aquel objeto. Lo que no sabían es que les esperaba la muerte a todos ellos.

Uno a uno fueron entrando confiados en la sala real, donde serían descabezados sin piedad. Una vez reunidas sus cabezas, fueron dispuestas haciendo la forma de una campana. Por último, fue llamado el obispo de Huesca, el principal enemigo del rey, que, horrorizado al ver al sangriento panorama, le fue preguntado si la campana estaba completa, a lo que el asustado religioso diría que sí. El rey, antes de mandar descabezarle, le respondió que le faltaba el badajo, y que su cabeza haría esa función.


La Campana de Huesca, de José Casado de Alisal


La vida de Roger de Flor (1266-1305) es digna de novelas y películas de acción. Siciliano de nacimiento, antes de convertirse en comandante de los legendarios almogávares, vería  con sus propios ojos como caía el último bastión de los cruzados, cuando las hordas musulmanas asaltaron la ciudad de San Juan de Acre (1291), ya que como caballero templario tuvo que luchar en favor del cristianismo.

Expulsado de la orden religiosa, se puso al servicio del rey de Aragón, como capitán de los almogávares, participando así en la conquista de Mallorca y Valencia. Más tarde, también participaría en la conquista de la isla de Sicilia, siempre al servicio de los aragoneses.

La compañía de los almogávares, incluido su capitán, Roger de Flor, fue contratada por el emperador de Bizancio, Andrónico II Paleólogo, ya que se veía acosado por un nuevo enemigo que profesaba la religión del Islam; eran los turcos otomanos. Al mando de más de 5000 hombres de la Compañía catalana, Roger de Flor se pondría a luchar de manera efectiva contra el nuevo peligro que se cernía sobre el mundo occidental cristiano, aunque fuera de manera interesada, y bien pagada. Fueron tantos los éxitos de Roger y sus hombres, entre los que se encontraban españoles de todos los rincones de la Península Ibérica o de otras naciones, sobre ejércitos mucho más numerosos, que el emperador bizantino le nombró jefe de la flota y le entregaría, incluso, la mano de su propia sobrina.

Eran buenos tiempos para Roger que, más tarde, vencería de una manera decisiva a los turcos en la región de Cilicia: unos 8000 almogávares aplastaron a cerca de 30.000 otomanos, produciéndoles 18.000 bajas. Fue tal la magnitud de la victoria, que Bizancio pudo respirar tranquila durante unos cuantos años.

El 5 de abril de 1305 fue organizado un banquete para honrar al brillante capitán, al cual asistieron un centenar de destacados almogávares y el mismo Roger de Flor. El hijo del emperador, Miguel IX, lo había organizado todo: el sitio, la comida, la bebida... e incluso la manera en que habían de ser eliminados. No se saben bien las razones por las que se decidió la muerte de quien tanto beneficio había aportado al reino. Puede que Roger quisiera tomar posesión de los territorios que había conquistado, puede que hubiera acumulado demasiado poder, puede que los celos y las envidias hubieran florecido en los corazones de los más prominentes bizantinos de la corte. El caso es que el gran héroe de los almogávares no merecía una muerte tan indigna como a la que fue sometido, aunque ello acrecentara su leyenda.

Lo que siguió después se le conoce como la Venganza catalana, pero eso es otra historia.


Roger de Flor




Para acabar, voy a hablar del mismo personaje con el que empecé, Vlad Tepes. Cuando llegó la Pascua de 1459, no quiso pasar las fiestas solo. Por lo tanto, invitó a los boyardos (nobles) más prominentes a un gran banquete. En el momento cumbre del mismo, cuando todos estaban ya satisfechos con la comilona, les propuso un juego de adivinanzas. Les preguntó que a cuantos voivodas (príncipes o gobernantes) recordaban. Hay que tener en cuenta que los boyardos eran los que promovían su ascenso y su caída; si un príncipe se humillaba a sus intereses lo mantenían en el trono, y si no les seguía el juego simplemente lo eliminaban de la manera más atroz, como hicieron con el padre de Vlad y su hermano (el primero muerto por apaleamiento y el segundo cegado).

Ante la pregunta, los más viejos respondieron que recordaban a unos 30, y los más jóvenes a unos 8, siendo todas unas cifras que indicaban el poco tiempo de gobierno de los distintos voivodas. Después, Vlad Tepes les hizo otra pregunta, que si no les parecían demasiados príncipes, y sin dejarles contestar, les dijo: "es por culpa de vuestra infamia, que lo contamina todo". Se suspendió el festín, se empalaron a los ancianos y sus mujeres, mientras que los más jóvenes fueron condenados a trabajos forzados hasta que sus costosos trajes de Pascua cayeron en harapos. Se confiscaron los territorios de los boyardos ejecutados y fueron concedidos a pequeños nobles y campesinos libres.






Fuentes:

-Drácula, de Ralf-Peter Märtin.
-Wikipedia.





sábado, 4 de octubre de 2014

Como intentar rendir un castillo.

Los castillos medievales eran unas magníficas fortalezas de piedra muy difíciles de conquistar. Solamente, cuando los cañones hicieron acto de presencia en la escena de los enfrentamientos bélicos, se hicieron vulnerables. De los muchos asedios, que duraban meses e incluso años, realizados a esos baluartes en los siglos que duró la Edad Media (de hecho las grandes batallas fueron escasas), pocos fueron eficaces. La rendición por hambre o por traición, fueron métodos que pudieron tener algo de éxito. Hay que tener en cuenta que si un ejército acampaba durante un largo periodo en un sitio concreto, las bajas por enfermedad diezmaban de una manera brutal al número de soldados, por lo que la toma de una fortaleza solía ser demasiado costosa.

Por ejemplo, en el sitio de Harfleur, realizado en suelo francés por los ingleses en 1415, los atacantes sufrieron unas 4.000 bajas de un total de 10.000 hombres que iniciaron el asedio, y que duraría unas semanas. El ejército inglés fue terriblemente afectado por la disentería, ya que acamparon en un lugar lleno de brezales y pantanos; el agua que bebían era la misma que se usaba para echar los deshechos de la defecación. Además, las bacterias pasaban a los peces y a los moluscos, los cuales eras después consumidos. Posiblemente, casi todos los hombres cayeron enfermos.

Guzmán el Bueno, cuadro de Salvador Martínez Cubells.


Hay una leyenda española que cuenta como un noble leonés, Guzmán el Bueno (1256-1309), que defendía el castillo de Tarifa, se vio asediado por un ejército de cristianos y moros, al mando del infante Juan, hermano del rey Sancho IV de Castilla. Como los sitiadores tenían en su poder al hijo de Guzmán, le obligaron a decidir si rendía la plaza o ver morir a su hijo, si no accedía al chantaje. El bravo leonés les lanzó una daga con la que facilitarles el trabajo a los captores de su hijo, si lo que decidían finalmente era matar a su vástago, cosa que así hicieron. Como he dicho anteriormente, es una leyenda sin mucho fundamento histórico.

Un hecho similar ocurriría en Inglaterra unos años antes. El protagonista era el hijo de un noble al servicio de la emperatriz Matilde, durante la guerra civil que mantuvo contra Esteban I. John FitzGilbert, que es como se llamaba el caballero leal a Matilde, defendía el castillo de Newbury en 1152 cuando las tropas rivales asediaron la plaza. Como Esteban tenía en su poder a su hijo, le dio la opción de abrir las puertas a cambio de liberar al pequeño. Las palabras de FitzGilbert tras escuchar la macabra oferta fueron: "aún tengo el martillo y el yunque con los que forjar más y mejores hijos".


Guillermo el Mariscal derribando a un caballero en una justa.


Esteban se apiadó del muchacho y no cumplió su amenaza. Con el tiempo, aquel niño se convertiría en uno de los más grandes caballeros que haya existido nunca. Aficionado a los torneos, se dice que ganaría unos 500 combates. Sirvió a cuatro reyes, y llegaría a ser regente de Inglaterra. En el curso de una escaramuza, derribó de su caballo al mismísimo Ricardo Corazón de León, al que no mataría; como advertencia, para que no se volviera a levantar en armas contra su padre, el rey Enrique II de Inglaterra, mató a su caballo. Este gran caballero sería conocido como Guillermo el Mariscal.


Fuentes:
-Wikipedia.
-Agincourt, de Matthew Bennett.

sábado, 31 de mayo de 2014

Juego de Tronos, rasgos históricos.

Juego de Tronos es la primera de una serie de novelas de la saga de Canción de Hielo y Fuego. Aunque la obra se enmarca en el género fantástico, no cabe duda de que George R. R. Martin, el creador de la misma, se inspira en ciertos hechos históricos para sacar adelante la trama de sus libros. Si bien es cierto de que los aromas de la Edad Media europea impregnan la atmósfera de Canción de Hielo y Fuego, no hay que descartar que hay rasgos históricos que pertenecen a otras épocas que pueden haber inspirado a Martin.

Poniente es un territorio eminentemente feudal, compuesto de señores y vasallos, y también con un rey, sentado en el Trono de Hierro, que gobierna en los Siete Reinos. Esta figura nos la encontramos en la Historia.

Cuando los anglos, sajones y jutos, además de otros pueblos más, se establecieron en lo que se conoce hoy como Inglaterra, se formaron una serie de reinos, conocidos como la Heptarquía anglosajona (Siete Reinos). Variables en tamaño y número, durante siglos (en el periodo conocido como la Alta Edad Media de Inglaterra) lucharon entre sí para conseguir la hegemonía.

En otro lugar más lejano, China, y en una época más remota, entre los siglos V y III a.C., los llamados Siete Reinos Combatientes lucharon entre sí hasta que uno de ellos venció a los demás, el reino de Qin. Del proceso de unificación surgió el primer emperador de China, Qin Shi Huang (si os digo que fue el responsable de que se construyeran los miles de guerreros de xian de terracota, seguro que os suena un poco más).

En el norte de los Siete Reinos se levanta un enorme muro de hielo de unas proporciones gigantescas, su misión es la de proteger a los habitantes de Poniente de las posibles invasiones por parte de los salvajes, y de otras criaturas más inquietantes, los Otros, o muertos vivientes que forman auténticos ejércitos. Una edificación tan eminentemente defensiva ha dado ejemplos muy variados en la Historia.


Gran Muralla China.


En el norte de Inglaterra los romanos construyeron el Muro de Adriano para protegerse de los ataques de los pueblos que habitaban Escocia. Ese muro era un elemento más de los muchos con que contaba el Imperio para defenderse de las posibles agresiones por parte de los llamados pueblos Bárbaros. Sin abandonar el país, y acercándonos en el tiempo, he decidido poner en esta relación el menos conocido como muro de Offa, una edificación mucho más modesta que la anterior, pero que es perteneciente a los tiempos medievales. Offa era un rey de Mercia, uno de los más importantes de la ya mencionada Heptarquía anglosajona, cuyo reino alcanzó la supremacía a finales del siglo VIII. La edificación se levantó para protegerse de los indeseables vecinos galeses. La relación se puede completar con la famosa Gran Muralla China, que sirvió de freno frente a los pueblos nómadas que acosaban a los sedentarios chinos en su país.

La Guardia de la Noche es la que se encarga de defender el Muro en las novelas de Martin. Es posible que haya algo de inspiración en las órdenes religiosas de los templarios, hospitalarios o de los teutónicos que defendieron Tierra Santa de los enemigos musulmanes. El hecho de que eran a la vez soldados y sacerdotes, y por lo tanto debían de guardar el celibato, los hace ciertamente similares.

Pero hay un aspecto destacado con respecto a los de la Guardia de la Noche que los emparenta con la célebre Legión Extranjera de Francia, y es que ambos cuerpos se nutren en sus filas de convictos, pendencieros y otras gentes de mal vivir, aunque también podían acoger personas más honradas e incluso algún hijo de la nobleza, como el caso de Jon Nieve o de Samwell Tarly.

He leído en muchos lugares que la Guerra de las Rosas es una fuente que surte a las novelas de Martin; hay un gran parecido en los nombres de los contendientes de la guerra civil inglesa (York contra Lancaster), y los principales rivales de la primera fase del conflicto que narra el escritor norteamericano (los Stark contra los Lannister). Pero no hay que olvidar que la guerra histórica fue luchada entre dos bandos bien definidos, y la guerra novelada representa una lucha de poder entre múltiples reinos, y diversos personajes poderosos que actúan, o bien de manera abierta, o bien en la sombra manejando los hilos de la trama. Es sin duda, una situación mucho más compleja que la de una guerra civil.


La rosa roja y la rosa blanca, los Lancaster contra los York.



A este punto, yo tengo que decir lo que entiendo como un juego de tronos. Para mí es una lucha por el poder, despiadada y feroz, en la que el ganador debe de deshacerse por todos los medios posibles de sus adversarios, para así alcanzar el codiciado premio, el trono y la corona. Si nos fijamos en la Historia podemos ver que ha habido múltiples situaciones semejantes que han podido inspirar al autor. En otra entrada de mi blog ya escribí sobre la lucha que se dio en el año 1066 en la Inglaterra medieval, un episodio que siempre me ha fascinado. Alejandro Magno murió muy joven, dejando un imperio inmenso, y sin un heredero que lo gobernara. Las décadas que siguieron fueron de luchas internas entre los generales de Alejandro y de otros personajes importantes que sembraron de cadáveres las tierras otrora conquistadas por el genial macedonio: es la llamada época de los Diádocos, un periodo de una enorme complejidad histórica. Otro episodio histórico que se caracterizó por una larga y apasionante lucha por el poder fue cuando la República de Roma entró en una dinámica que le llevó a la formación de un imperio regido por un soberano que llegó a concentrar todo el poder de un reino de una extensión colosal. Por el camino se quedaron hombres tan célebres como Julio César, Pompeyo Magno, Craso, Marco Antonio..., grandes personajes que acariciaron alguna vez la idea de controlar tanto poder en sus manos.

Al hablar de los personajes de las novelas que puedan tener reflejo en los de la Historia, nos encontramos que el rey de Francia Luis XI era conocido como "la araña", lo mismo que Varys, el consejero real de la ficción. Lo que ambos tienen en común es su capacidad de tejer sus redes para llevar a cabo sus ambiciones.

Otro célebre protagonista de la obra de Martin es Jaime Lannister, el matarreyes, llamado así por haber liquidado al legítimo monarca que se sentaba en el Trono de Hierro, Aerys II el Loco. Si nos fijamos en la anteriormente citada Guerra de las Rosas, nos encontramos a alguien con un apodo que significa todo lo contrario, el hacedor de reyes (The Kingmaker), Ricardo Neville, el conde de Warwick. Esta figura principal del conflicto, fue responsable que dos reyes accedieran al trono de Inglaterra, Eduardo IV de York, y Enrique VI, por lo que fue digno de que le llamaran de esa manera.



El hacedor de reyes.


Los numerosos hechos narrados en las múltiples páginas publicadas también pueden tener algún reflejo en el espejo que puede ser la Historia. Os invito a que leáis mi entrada sobre la Boda Roja, y la verdad histórica subyacente que encierra, y que el mismo Martin reconoce.

Sobre la batalla de Aguasnegras y los paralelismos que hay de los asedios musulmanes sobre la bizantina Constantinopla en la Edad Media, parecen evidentes al comprobar como en ambos casos los defensores contaban con una arma poderosísima, cuya composición era secreta, y que podía arder en el agua arrasando los barcos enemigos. Era el Fuego Griego, que usaron los cristianos para defender su capital, mientras que los habitantes de Desembarco del Rey pudieron disponer del Fuego Valyrio.

En un momento de la historia aparece en el cielo el Cometa Rojo, inquietante sin duda, buen augurio para algunos, pero mal presagio para otros. Sin duda, recuerda cuando apareció el cometa Halley cuando sucedían los dramáticos acontecimientos de 1066 en Inglaterra, que marcaron el final de la era sajona, y que es magníficamente representado en el Tapiz de Bayeux.

Si hablamos de ciertas costumbres regias, observamos que la Casa de los Targaryen practicaban la endogamia, seguramente para intentar preservar la pureza de sangre. Es decir, que se emparentaban entre sí para tener descendencia real. Aunque parezca absurdo, es una costumbre que se ha repetido durante milenios entre las dinastías reales de muy diversas civilizaciones. Así, encontramos ejemplos de ello en el Antiguo Egipto o en el Imperio Inca. Sin ir mucho más lejos en el espacio ni en el tiempo, los reyes Habsburgo españoles tendían a casarse con mujeres de la nobleza con las que compartía ciertos lazos familiares, y que dieron como resultado el ascenso al trono de Carlos II, con un sobrenombre, el Hechizado, que indica que estaba lejos de ser alguien "normal".

Para finalizar hablaré un poco de la geografía del mundo de Canción de Hielo y Fuego. Este un mapa no oficial de la región más importante en la que se desarrollan muchos de los episodios de la trama:




A la izquierda se encuentra Poniente, un mundo puramente feudal, y a la derecha está la región de las Ciudades Libres, dominadas por un régimen político diferente, y continuamente acosadas por los guerreros nómadas a caballo llamados dothrakis (reflejo de los verdaderos hunos o mongoles). Entre ambos mundos, tan cercanos y lejanos a la vez, se halla el Mar Angosto. El mapa me recuerda en cierto modo al mapa de la época de las Guerras Médicas: de un lado el mundo griego en Europa, y, separado por el Mar Egeo, se encontraba en Asia el Imperio Persa, con un sistema político que les distaba enormemente.


Mapa de las Guerras Médicas. En azul el Imperio Persa, y en el resto de colores las ciudades-estado griegas.


El mapa de Poniente es el siguiente:





No se sabe si es una isla aunque lo parezca, ya que la zona al norte del Muro estaría sin cartografiar. La zona más estratégica es el estrecho en el centro que es llamado El Cuello, y que separa el Norte del Sur de Poniente. Esta región me recuerda a la Isla Soledad, en el archipiélago de las Islas Malvinas, porque comprende un pequeño istmo central que separa el norte de la isla del resto de la misma. Fue una posición de enorme importancia estratégica en el marco de la Guerra de las Malvinas (Falklands) de 1982.


sábado, 3 de mayo de 2014

Secuestros y rescates históricos.

¿Que tuvieron en común personajes tan dispares como el inmortal escritor español Miguel de Cervantes, el gran Julio César, el Inca Atahualpa y el rey de Pamplona García Íñiguez? Pues tuvieron dos cosas importantes, al menos que yo sepa, en común. Lo primero, que fueron una vez secuestrados. Lo segundo, que les fue pagado una fuerte suma de dinero a sus secuestradores, ya que eran personas importantes, para que fueran liberados, cosa que no fue posible en todos los casos... Pero empecemos por orden cronológico:

En el año 75 a.C. Julio César era un joven de 25 años que viajaba por el Egeo para estudiar oratoria. Estaba lejos de ser el gran general y espléndido político que todos conocemos, pero era, eso sí, toda una promesa en el panorama del poder de la República romana. En un momento dado, su nave fue apresada por unos piratas, que pidieron un rescate de 20 talentos de plata por su liberación. Muchos personajes poderosos de cualquier época se hubieran acobardado ante una situación tan angustiosa y hubieran pagado con presteza esa suma con tal de salir de ese apuro cuanto antes mejor, pero el arrogante y valiente romano les instó a elevar la petición de rescate hasta la elevada cantidad de 50 talentos de plata; una persona de su categoría no valía un precio menor.

César pasó 38 días cautivo en la nave de los secuestradores, mientras que los hombres de su comitiva se encargaban de buscar el dinero del rescate con la máxima diligencia. Durante su cautiverio no se amilanó, e incluso bromeaba con sus captores hasta el extremo de amenazarles con matarlos en cuanto se viera libre de su secuestro.


Julio César.


El dinero fue pagado y los piratas cumplieron su promesa de liberar al rehén. En cuanto César llegó a tierra, armó unas naves y fue en busca de sus antiguos captores, logrando apresar a la mayoría de ellos. El gobernador de la ciudad de Pérgamo quería venderlos como esclavos en vez de ejecutarlos, pero Julio César tenía intención de cumplir su palabra y realizar la venganza que había prometido durante los días que había permanecido cautivo: al final, los mandó crucificar. A este punto no hace falta decir lo horrible que es la muerte por crucifixión. Y es que la piedad no era una virtud que caracterizaba a los hombres poderosos de la Antigüedad.

De la Edad Antigua pasamos a la Edad Media. En otra entrada a este blog hablé sobre los hermanos Bjorn y Hastein, supuestos hijos de Ragnar Lothbrok, y de su periplo que les llevó a atravesar el mar Mediterráneo. Antes de acabar dicha travesía, cuando se dirigían al lugar de partida del viaje, llegaron a Pamplona. Las fuentes históricas no dicen como ocurrió, pero el caso es que los vikingos lograron capturar al rey García Íñiguez (859), que fue liberado tras un cuantioso rescate de 70.000 dinares de oro. Los vikingos eran unos auténticos expertos, como buenos piratas que eran, en obtener botines. De hecho, muy de vez en cuando eso sí, los arqueólogos aún encuentran algún tesoro vikingo oculto las entrañas de la tierra. En realidad, los hombres del Norte solían secuestrar personas de bastante más bajo rango social que el del rey de Pamplona, y el destino de aquellos desdichados no era el soltarlos tras un rescate, ya que la mayoría no tendría donde caerse muertos, sino un final más sombrío: la esclavitud en algún país remoto y desconocido, lejos de sus parientes más queridos.



Los vikingos secuestrando y matando.



Durante la época de la conquista de América por parte de los españoles, tuvo ocasión un suceso de secuestro y rescate verdaderamente dramático. Los hechos ocurrieron dentro de las fronteras del imperio Inca, y fueron provocadas durante el intento de conquista por parte del conquistador extremeño Francisco Pizarro y un puñado de soldados españoles. Tras meses de espera, un encuentro decisivo en la plaza mayor de Cajamarca cambiaría para siempre la Historia. Los españoles estaban escondidos, y, aunque eran pocos, estaban armados con arcabuces y unos pocos cañones, mientras que los incas, muchos miles, venían desfilando confiados en que su aplastante superioridad numérica amilanara a los hispanos.

Tras un fracasado intento de que el Inca Atahualpa aceptara la religión católica sin más, y tras tirar éste una biblia a los pies de un solitario fraile que había salido al encuentro, los españoles sorprendieron a los incas rompiendo el secreto de sus escondites, mientras disparaban sus armas de fuego y asestaban tajos con sus espadas. El resultado de la trampa fue la muerte de cientos de valerosos soldados incas y el apresamiento de Atahualpa.

El emperador inca pasó cautivo de los españoles varios meses. Se dice que intentó comprar su libertad llenando varias veces de oro y plata el edificio donde se encontraba retenido (el Cuarto del Rescate). De todas las partes del imperio se trajeron objetos preciosos para intentar comprar la libertad del soberano en lo que puede ser considerado el mayor rescate de la Historia. Pero de nada serviría todo aquello, pues los españoles se dieron cuenta de que, un vez liberado el rehén, serían presa fácil ante la multitud de efectivos con los que contarían los incas. Así que, tras un juicio, Atahualpa fue condenado a muerte por garrote vil (1533), y los españoles no solo se quedarían con el dinero del rescate, sino con el de todo el imperio inca.



Atahualpa en el Cuarto del Rescate.



Por último, contaré la historia del cautiverio de Miguel de Cervantes. El gran escritor español había participado en la batalla de Lepanto (1571), donde perdió la movilidad de una mano. Tras la gran victoria naval cristiana, siguió cumpliendo su deber como soldado en otros escenarios del Mediterráneo, aunque, cuando volvía a casa desde Italia, fue apresado junto a su hermano Rodrigo el 26 de septiembre de 1575, y fueron llevados a Argel. Como los turcos pensaban que Cervantes era una persona importante, pidieron una fuerte suma por su liberación: 500 escudos de oro.

El cautiverio en la ciudad norteafricana duró para el escritor cinco largos años, en los cuales intentó escapar en cuatro ocasiones junto a otros compañeros, echándose él mismo las culpas cuando eran descubiertos, para impedir que castigaran a los demás. En 1577, la madre de Cervantes reunió una cantidad de dinero para intentar la liberación de sus hijos, pero no era suficiente, por lo que Miguel prefirió que fuera rescatado su hermano, quedando él en Argel.

En 1580, Cervantes iba a ser llevado a Constantinopla, por lo que el rescate para él se iba a antojar casi imposible. Pero, ese año llegaron a Argel unos monjes trinitarios para intentar liberar a los cautivos cristianos que se hallaban allí. Como sólo tenían 300 escudos, cantidad insuficiente para el rescate de Cervantes, pidieron prestado dinero a los mercaderes cristianos, que lo dieron a los religiosos. Y así fue liberado el creador del inmortal Don Quijote, que difícilmente hubiera podido componer su gran obra, siendo preso, en la capital del imperio turco.



Miguel de Cervantes.




Fuentes consultadas:
-Auge de Julio César, de Peter Wilcox y Duncan B. Campbell.
-Blog Historia Clásica.
-Wikipedia.

domingo, 30 de marzo de 2014

La batalla de las Termópilas: traición y derrota.

De la batalla de las Termópilas (480 a.C.) poco más se puede decir que no se haya dicho ya. Luchada por míticos guerreros, los espartanos, que estaban dirigidos por un mítico rey, Leónidas, el combate ha sido uno de los más famosos de la historia. Lo dramático del mismo fue que, aún conociendo que iban a morir, los espartanos y otros griegos valientes decidieron afrontar una lucha desesperada y con la única opción de morir ante un enemigo que los superaba varias veces en número. Además, el sacrificio era un tanto inútil, pues tan pocos hombres luchando ante dos flancos a vez, poco tiempo podrían resistir ante los persas que venían con la determinación de conquistar Grecia. Tal vez, pensaban ellos, que su ejemplo de sacrificio motivaría a los pueblos helenos a resistir ante los invasores en futuras campañas.

Aunque, si hacemos caso a las crónicas antiguas, el ejército griego había resistido dos días enteros perfectamente bien ante los ataques enemigos, que se desesperaban al ver que sus embestidas eran rechazadas con facilidad por los helenos, ayudados por sus resistentes escudos, y sus largas lanzas de dos metros, que contaban, además, con la decidida defensa de su general y con una férrea disciplina.

No se sabe cuanto más hubieran podido resistir en el angosto paso de las Termópilas ante los persas, pero pareciera que podrían haber aguantado más, si no hubiera aparecido la figura de un traidor, Efialtes, que le informó a los persas de un paso oculto, conocido como la senda Anopea, que si se íba por el mismo llevaba directamente a la retaguardia de los griegos, pudiendo lograr cogerlos entre dos fuegos y envolver a la exigua tropa de Leónidas.


El actor Andrew Tieman interpretando a Efialtes en la mítica película de 300.


El caso es que la información ofrecida por el traidor resultó ser de extraordinario valor para los planes del rey persa Jerjes, que acabó venciendo y masacrando a los valientes griegos y, de paso, logrando inmortalizar a los 300 espartanos y a su rey.

La batalla de las Termópilas es un claro ejemplo de como la traición puede decidir, o ayudar a inclinar la balanza en una batalla, pero no es el único ejemplo que conozco, hay otros más.

En 1485, en Inglaterra se libró la batalla de Bosworth. Era el momento culminante, pero no el último, de la llamada Guerra de las Rosas, un conflicto civil entre dos facciones, los Lancaster contra los York. De un lado estaban las fuerzas leales al rey Ricardo III, mientras que del otro bando estaban las de el aspirante al trono, el Lancaster Enrique Tudor.

Cuando Enrique desembarcó con sus partidarios en Gales, procedente de Harfleur (en el norte de Francia), el rey Ricardo III llamó a todos los nobles leales para formar su ejército e ir al encuentro del primero, e intentar acabar con él, pues sabía que cuanto antes lo hiciera sería mejor para sus intereses, ya que el propósito era que no le diera tiempo al Lancaster a reforzarse con más partidarios. Entre los nobles que convocó el rey se encontraban los hermanos Stanley, William y Thomas. Además, para ganarse la fidelidad del segundo, Ricardo III tenía como rehén a su hijo, George Stanley. El caso es que, aunque los Stanley habían combatido al lado de los yorkistas en batallas anteriores, su implicación había sido escasa y su lealtad era de lo más dudosa. Además, hay que tener en cuenta que Thomas Stanley era el padrastro del aspirante al trono Enrique Tudor.


Ricardo III cargando en la batalla de Bosworth.


El 22 de agosto de 1485 se libró la batalla de Bosworth. De un lado estaban los yorkistas, con el valiente rey Ricardo III al frente, del otro lado estaban los lancasterianos con el aspirante Enrique Tudor al mando, y aparte, a la expectativa de los acontecimientos, estaban los Stanley. Y fue en el momento más crítico del combate cuando los Stanley mostraron sus cartas: en el momento más desesperado de un ataque por parte de Ricardo III, aquellos se acercaron al bando de Enrique y le reforzaron con sus tropas inclinando definitivamente la balanza y haciendo que la batalla fuera ganada por él. De acuerdo con algunas versiones de los hechos, Ricardo III se vio traicionado. Según parece, al ver la actitud de los Stanley, emitió órdenes para acabar con la vida del rehén, pero el hecho nunca se llegó a consumar.

Otro noble que pudo traicionar a Ricardo en el campo de batalla fue Henry Percy, el duque de Northumberland, que comandaba la retaguardia. Él nunca llegó a intervenir en la lucha, ni aún en los momentos más desesperados del rey, cuando luchaba por su propia vida. Abandonaría el campo de batalla, recibiendo el posterior perdón.

Ricardo III murió en el campo de batalla luchando como un valiente. Fue el último rey inglés que falleció combatiendo. El pretendiente, Enrique Tudor, se convirtió en Enrique VII, iniciando una nueva dinastía en el país que proporcionaría reyes tan conocidos como lo fueron Isabel I o Enrique VIII.

En otro lugar, durante la España visigoda, en el 711 reinaba Don Rodrigo. Un año antes, había sido elegido en una asamblea de nobles y obispos, conforme a derecho. Pero, el llamado clan de los witizanos consideraban a Rodrigo un usurpador y aspiraban a recuperar el trono, aunque fuera con ayuda musulmana (Witiza había reinado en el periodo de 702-710). Don Julián, cliente de los witizanos, desde la plaza de Ceuta negoció con los musulmanes, que estaban firmemente asentados en el norte de África, para intervenir en España.


Aunque la documentación sobre la batalla de Guadalete es muy escasa, parece ser que la victoria musulmana se vio muy favorecida por la traición debida a algunos nobles visigodos.


El 28 de abril de 711, mientras Don Rodrigo se encontraba combatiendo en el norte de la Península Ibérica, un cuerpo de unos 7.000 soldados, al mando de Tariq, desembarcó en Gibraltar. El ejército visigodo tuvo que marchar rápidamente hacia el sur para enfrentarse a la fuerza invasora. En un lugar indeterminado, que podría ser el río Guadalete, tuvo lugar el crucial enfrentamiento entre los visigodos y los invasores musulmanes. Se piensa que los witizanos comandaban las alas del ejército de Don Rodrigo. En un momento del combate huyeron apresuradamente del combate, provocando la derrota de los visigodos, lo que significaría el final de una época y el inicio de una larga ocupación, por parte musulmana, que duraría siglos.

Por último, me referiré a la película sobre la vida del héroe escocés William Wallace, titulada Braveheart. En concreto, cuando en dicho film se narra la batalla de Falkirk, entre los independentistas escoceses y las tropas inglesas, que estaban al mando del rey Eduardo I, se da a entender que las fuerzas de Wallace fueron derrotadas en última instancia, por la traición hecha por los nobles escoceses, entre los que se encontraba Robert Bruce, que huyeron con la caballería del campo de batalla en el momento crucial de la misma, ya que habían recibido sobornos por parte del monarca inglés, en forma de tierras y propiedades.

Realmente, ello no fue así. Los ingleses destrozaron los grandes cuadros de infantería escocesa o schiltrons, especialmente formados para detener los ataques de la caballería pesada, por medio de los letales arqueros ingleses que batían a los enemigos a distancia. Es decir, que no hubo ningún tipo de traición que facilitara la victoria a las tropas de Eduardo I el zanquilargo.


Escena de la película "Braveheart", en la que Wallace descubre que fue traicionado por Robert Bruce en el transcurso de la batalla de Falkirk. Según el film, la traición por parte de los nobles escoceses fue crucial en la dura derrota que sufrió William Wallace. En realidad, no se produjo dicha traición.


·EL OCASO DE LOS TRAIDORES. En todos los casos anteriores, el final de los traidores no fue nada positivo.

Así, el traidor de las Termópilas, Efialtes, acabó sus días con el desasosiego de verse perseguido, ya que había una recompensa que pesaba sobre su cabeza, huyendo a Tesalia. El caso es que murió en el año 479 a manos de un tal Atenades de Traquinia, que no conocía a Efialtes ni su traición. Aunque, después se enteró de la recompensa y la acabó recibiendo. Efialtes no recibiría nunca la suya a manos de las persas, ya que éstos serían derrotados decisivamente en la batalla de Salamina, y al poco abandonaron los intentos de conquista de Grecia.

William Stanley, uno de los oportunistas hermanos Stanley que había actuado en la batalla de Bosworth en el momento que el consideró idóneo a sus intereses, cambiando de bando, recibiría su premio de parte del nuevo monarca inglés Enrique VII, que le debía su corona y su vida, en forma del cargo de Lord Chambelán.

Pero, la suerte para Stanley  cambiarían radicalmente en pocos años. En 1495 sería acusado de traición, por haber apoyado la rebelión de Perkin Warbeck. El rey Enrique VII, sin tener en cuenta los antiguos favores que le debía a William Stanley, lo sentenció a muerte.

Con respecto a Northumberland, sería asesinado por la multitud durante la Rebelión de Yorkshire en 1489, producida por una gran subida de impuestos.

Para acabar, hablaré de la facción de los witizanos que se habían aliado con los musulmanes para intentar recuperar el trono para su causa. Cuando éstos se dieron cuenta de la debilidad del reino visigodo, no dudaron en apoderarse de él. Así, aquellos que habían traicionado a Don Rodrigo, que, repito, había sido legítimamente elegido por un consejo, vieron con sus propios ojos como los invasores, procedentes del norte de África, y seguidores de Alá, acababan con un estado que había gobernado el suelo peninsular durante tres siglos. Cuando el gobernador norteafricano que había ordenado la invasión, Muza, se trasladó a España, condenó a muerte a muchos nobles godos, entre ellos a Oppa, hermano de Witiza, uno de los que propició la victoria musulmana.




Bibliografía consultada:

-De Maratón a Platea, de Philip de Souza.
-El auge de los Tudor, de Christopher Gravett.
-Stirling Bridge and Falkirk 1297-98, de Pete Armstrong.
-Historia antigua de España II, de Juan José Sayas Abengochea.



sábado, 15 de febrero de 2014

¿Existió la boda roja?("Juego de Tronos").

Soy uno de los muchos seguidores de la saga de libros Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin. Aunque sus libros tratan de un mundo imaginario, sin duda representan como era la Edad Media europea. Uno de los rasgos que mejor definen los libros de Martin es que no se adapta al típico conflicto entre buenos y malos, en el que el bien siempre sale ganando al final, sino que, como en la vida real, los buenos también pierden. De esta manera, los personajes de Martin pueden acabar muertos en cualquier momento de la historia.

Uno de los momentos más impactantes y dramáticos, sino el que más, fue el denominado como la Boda Roja. En resumen, los enemigos de los Stark, aprovechando una boda en la que se iban a casar un miembro de los Tully con su prometida, que era una Frey, y violando las leyes de hospitalidad, asesinaron a Rob Stark y a su madre, Catelyn Tully, además de a cientos de sus soldados, que estaban confiados y desarmados en un evento que se suponía que era festivo y pacífico. Todos estos hechos están narrados en Tormenta de Espadas, el tercer volumen de la saga.


La muerte de Catelyn Stark en la Boda Roja.


Como el mismo autor confirma en cierta entrevista, el hecho está inspirado en dos sucesos reales acaecidos en Escocia. Uno de ellos es la Cena Negra (The Black Dinner) ocurrido en 1440. El clan escocés de los Douglas habían alcanzado un gran poder que amenazaba con desestabilizar el país. Así, el conde William Douglas (16 años de edad, la misma que tenía Robb Stark cuando fue asesinado) y su hermano fueron invitados a una cena en el castillo de Edimburgo. El evento estaba organizado por el Lord Canciller, sir William Crichton. Violando las leyes de hospitalidad, e ignorando las súplicas del joven rey de Escocia, Jaime II, que también fue invitado a tan nefasta ocasión, los hermanos Douglas fueron arrastrados al lugar de ejecución donde les cortaron las cabezas. Antes, durante la cena cuando aun estaban confiados les sirvieron en una bandeja, una cabeza de jabalí negro, símbolo de la muerte, mientras unos músicos tocaban el tambor. Los seguidores del clan Douglas pusieron sitio al castillo poco después. Además del Lord Canciller, otros posibles conspiradores de la matanza fueron Livingstone y Buchan.


El castillo de Edimburgo en la actualidad. Lugar que acogió la cruel Cena Negra.


 El otro antecedente histórico que inspiró a Martin fue la Masacre de Glencoe de 1692. Cuatro años antes, los escoceses le ofrecieron la corona a Guillermo de Orange que la aceptó. Pero para ser rey, antes tuvo que vencer a los jacobitas (los partidarios del rey inglés Jacobo II). Una vez derrotada la oposición, Guillermo ofreció perdón a todos los clanes escoceses que habían estado en su contra si le juraban fidelidad antes de cierta fecha límite. Como los del clan MacDonald no pudieron hacer el juramento en el tiempo establecido, aunque esa era su intención, algunos elementos del gobierno vigente vieron la oportunidad de eliminar a los del clan y a otros elementos no afines. Los MacDonald fueron acogidos como huéspedes en el castillo de Inveraray, donde esperaban confiados cumplir con el juramento. Entonces, empezó la matanza que acabó con la vida de 38 miembros del clan. Otros 40 mas (muchos de ellos mujeres y niños) murieron a la intemperie cuando sus hogares fueron quemados.




La reputación de Guillermo de Orange se vio muy afectada por la masacre, y despidió de sus puestos a los responsables de la misma, aunque siguieron conservando su favor.

Una masacre un tanto parecida ocurrió en la España musulmana medieval, más en concreto en la ciudad de Toledo. En el año 797, gobernaba el emir Alhakén I en la mayor parte de la Península Ibérica. Como en la ciudad de Toledo gozaban de gran autonomía, Alhakén quiso acabar con ella de una manera rápida y contundente. Así que el gobernador de la ciudad, llamado Amrú, invitó a 400 de los personajes más poderosos de la ciudad a un gran banquete. Todos aceptaron gustosos la invitación confiados en que iban a un encuentro festivo y sin peligro. Uno a uno fueron degollados y sus cabezas echadas a un foso. De esta manera tan poco sutil solucionaban los problemas los personajes poderosos de la época.


Jornada del foso en Toledo.



domingo, 26 de enero de 2014

¿Quién descubrió Troya?, ¿y la ciudad de Angkor?

Heinrich Schliemann (1822-1890) tuvo un sueño en su niñez: quería descubrir la ciudad de Troya tras quedar fascinado por la historia narrada en la Ilíada de Homero. Para ganar el suficiente dinero para costear los gastos de la expedición arqueológica, marchó a California, donde se estaba gestando la llamada "fiebre del oro" (hacia el 1849). A partir de entonces, y sin haberse manchado las manos en excavar tierra, el alemán pudo acumular una gran fortuna que le iba a permitir cumplir sus viejos sueños. Tras desenterrar en la colina de Hisarlik lo que son consideradas por todos los expertos, las ruinas de la antigua ciudad de Troya (o ciudades mejor dicho, porque hay hasta nueve niveles), alcanzó la fama universal. Además, con posterioridad, tuvo la fortuna de excavar la ciudad griega de Micenas, es decir, la ciudad (que da nombre a la civilización micénica) rival de Troya en la famosa guerra relatada por Homero.

Lo cierto es que el verdadero descubridor de Troya fue un funcionario consular inglés llamado Frank Calvert (1828-1908).


Frank Calvert.


Su familia vivía en la Tróade desde los tiempos de Lord Byron, y conocía aquella comarca mejor que nadie. Para encontrar Troya dirigió su atención a la colina de Hisarlik, a diferencia de otros investigadores que no la tuvieron en cuenta. Así, en 1865, realizó cuatro excavaciones de prueba durante las cuales dejó al descubierto partes del templo griego de Atenea y, tal vez también, fragmentos de un muro de Troya VI (o sexto nivel de los nueve que componían los restos urbanos de los casi 3000 años de historia de Troya). Bajo el templo de Atenea, Calvert debió de tropezar con estratos de la Edad de Bronce.

La mala suerte hizo que sus excavaciones no prosperasen. Charles Newton hizo una petición a Londres de 100 libras para que Calvert excavase el lugar. Como los fondos no le llegaron nunca, el que se llevó la gloria del gran descubrimiento arqueológico (uno de los más grandes de toda la historia de la arqueología, sino el que más), fue Schliemann, que no hizo nada por rescatar la figura de Calvert que, a la postre, caería en el olvido.

De forma paralela, algo muy similar ocurrió con la ciudad de Angkor Vat. Henri Mouhot era un explorador y naturalista francés (1826-1861), al que se le atribuía el descubrimiento de la antigua ciudad camboyana, que había alcanzado su máximo esplendor en el siglo XII, pero que fue abandonada en el siglo XV, siendo absorbida por la vegetación selvática. El caso es que los habitantes del lugar siempre habían sido conscientes de la existencia de la ciudad, por lo que no se podría decir que se hallara perdida. Además, el dominico español fray Gabriel de San Antonio, en su obra Breve y verdadera relación de los sucesos del Reyno de Camboxa, nos hace una descripción de la ciudad abandonada a principios del siglo XVII, muchos años antes de que el francés naciera.


Angkor.


Fray Gabriel, hablando de Angkor: "...en el año de mil y quinientos y setenta, se descubrió en este reino, una ciudad nunca antes vista ni conocida de los naturales". Sobre su decoración nos cuenta: "Tiene muchos escudos y letreros que no se conocen ni entienden; las casas son de piedra muy hermosas, repartidas en calles con mucho orden, y la labor de sus patios, salas y cámaras, parece romana."

Parece obvio que la fama rara vez es justa con los osados y valientes, con los primeros que se enfrentan a los retos. La fama es caprichosa y le concede sus dones a los que más suerte tienen en encontrarla.

Bibliografía:
-"Troya", de Michael Siebler.
-"Martínez se va a la guerra", de Francisco A. Marín.
-Wikipedia.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Las armadas perdidas: la Invencible y la mongola.

En esta nueva entrada de "historias paralelas", voy a hablar de dos momentos muy importantes de la Historia, en los que los fenómenos meteorológicos tuvieron mucha importancia, ya que ayudaron, de forma involuntaria, a que dos importantes flotas pertenecientes a grandes potencias mundiales de la época, no pudieran invadir unas islas, muy pequeñas en comparación con el territorio imperial de sus enemigos. Son el caso de la Armada Invencible española contra Inglaterra, y los intentos de la China mongola contra Japón, tal vez este último menos conocido.

En 1588 el imperio español estaba en la cumbre. Francia, la otra gran potencia occidental, se desangraba en las guerras de religión, Portugal, la otra gran potencia colonial del momento, había sido absorbida por los ejércitos españoles, y la rebelión holandesa parecía que iba a ser vencida por los bravos tercios españoles y por el gran general que resultó ser Alejandro Farnesio. Sólo quedaba Inglaterra como el país que incordiaba al gran imperio hispano, con ataques de piratería y su apoyo a los rebeldes de los Países Bajos.

Por ello, y por otras razones, Felipe II de España lanzó una gran flota, de más de 120 buques, contra Inglaterra. Era la Armada Invencible. El plan español era tan complejo, ya que necesitaba que dos grandes fuerzas navales a gran distancia entre sí tenían que coordinarse en una época en la que las telecomunicaciones no existían, que acabó fracasando. Después, cuando el almirante de la flota hispana, el marqués de Medina Sidonia, desistió de invadir Inglaterra, al comprobar que no pudo reunirse con la flota de barcazas procedente de Flandes, tomó un camino de regreso bordeando las islas británicas. Las tormentas que tuvieron que sufrir los navíos españoles en su regreso a casa diezmaron la flota. Se perdieron unas 50 o 60 naves, evitando que el rey español decidiera evitar una nueva aventura con Inglaterra, al menos, por un tiempo.




En 1274, los mongoles intentaron invadir otras islas, las de Japón. Por entonces, reinaba Kublai Kan (el que se acogería la expedición del célebre Marco Polo). A principio de ese año, ordenó construir una flota de 900 buques que transportarían casi 30.000 hombres mongoles, chinos y coreanos. El viaje desde Busan duró dos semanas, y desembarcaron los mongoles en la bahía de Hakata. Los efectivos desembarcados rechazaron a los japoneses en un principio. Por suerte para los japoneses, los desembarcados no pasaron la noche en tierra sino que volvieron a sus naves para dormir. Una gran tormenta nocturna acabó hundiendo a gran parte de la flota, y los mongoles regresaron perdiendo unos 13.000 hombres. Muchos de ellos, seguramente, cayeron ante los temibles samuráis japoneses.

Los mongoles volvieron a repetir el intento en 1281. Kublai Kan volvió su mirada hacia Japón, una vez más, tras conquistar a los song del sur. Mientras, los japoneses se preparaban: organizaron una guardia costera. La flota que emplearían los invasores era más imponente que la anterior: 6000 buques de guerra y 600 aportados por los coreanos. Las dos flotas debían reunirse en la isla de Iki, aunque nunca se pudieron reunir adecuadamente. Así, la flota del este intentó desembarcar en Hakata, pero fueron rechazados por los japoneses; los mongoles se establecieron en dos islas frente a la bahía. Los samuráis lanzaban ataques nocturnas y diurnas contra tales posiciones, haciendo auténticos estragos entre las filas mongolas. Éstos acabaron por abandonar las posiciones y se retiraron a la isla de Iki para esperar la llegada del grueso de la flota.




La segunda armada, procedente del sur, mucho más numerosa que la anterior, fue arribando poco a poco a varios puntos de la costa japonesa. Las flotas se reunirían al final cerca de la isla de Takashima, al sur de Iki, donde los japoneses lanzaron un osado ataque conocido como la batalla de Takashima: los japoneses fueron rechazados por la abrumadora superioridad numérica de sus enemigos. Pero, la fortuna sonrió a los nipones. Al poco, se despertó un furioso tifón, el kamikaze o viento de los dioses. La flota mongola fue casi aniquilada. Las bajas coreanas fueron de casi el  30 %. Las de los mongoles y chinos puede que llegaran al 90% en hombres y naves. Sería injusto atribuir el fracaso de la derrota en su totalidad a las causas meteorológica, ya que los samuráis lucharon extremadamente bien.

Igualmente, sería injusto no atribuirle el mérito del rechazo de la invasión de Inglaterra a los magníficos marinos británicos que lucharon muy bien contra los españoles. Hubo otro intento de los mongoles de invadir Japón por parte de Kublai Kan, pero no se llevó a cabo.

Ambos intentos de invasión son unos magníficos ejemplos de como la suerte influye en el trascurso de una batalla. Parece, en el caso de un enfrentamiento naval, que las causas climatológicas pueden ser más decisivas que en un combate terrestre.

Fuente principal: "Las hordas de Gengis Kan", de Stephen Turnbull.