Buceando en la leyenda

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lunes, 2 de abril de 2018

El guerrrero que no pudo huir de su destino.



Hay personas que parece que no pueden escapar a su destino. Es como si nada de lo que pudieran hacer o decir, pudiera evitar un fin establecido de antemano por algún tipo de fuerza invisible capaz de trazar el final de la biografía de algún hombre, aunque este sea el caso de un noble poderoso.

Ali ibn al-Athir (1160-1233) es un historiador árabe, que vivió en la zona que conocemos como Oriente Medio, durante parte de la época de las Cruzadas, ya sabéis aquella serie de guerras desastrosas que tiñeron de sangre, tanto cristiana como musulmana, las tierras de Palestina, Siria, Líbano… durante los siglos del Medievo. Es más, al-Athir participó en distintas batallas, ya que fue un soldado al servicio del famoso Saladino (c.1137-1193).

Gracias a su obra escrita, conocemos la historia del visir de Egipto al-Afdal (1066-1121), y más en concreto de su hijo Sharaf, bastante supersticioso, por cierto, como tendréis ocasión de conocer en breve.
 
 
 
 
 
 

Sharaf fue un general victorioso, pero cuando trataba de rematar al adversario surgía alguna complicación de última hora que evitaba un triunfo que hubiera sido decisivo para acabar con los cruzados. Así, en 1102, un ejército egipcio de 20.000 hombres cogió por sorpresa a las tropas de Balduino I cerca del puerto de Jaffa. El mismo rey cristiano de Jerusalén tuvo que esconderse boca abajo entre los juncos para no caer prisionero, mientras la mayoría de sus soldados eran masacrados. Ese día, el ejército de El Cairo podía haberse apoderado de Jerusalén pues la ciudad carecía de defensores y el rey estaba desaparecido, según nos cuenta el cronista al-Athir, pero la llegada de refuerzos cruzados por mar y la indecisión de Sharaf hizo que no prosperara la operación militar.

Al año siguiente, y al otro, el señor de El Cairo volvió a intentarlo, pero siempre algún acontecimiento improvisto frustraba las intentonas de Sharaf. Era un general valeroso, pero -nos dice Ibn al-Athir-, sumamente supersticioso:

“Le habían predicho que iba a morir de una caída de caballo y, cuando lo nombraron gobernador de Beirut, mandó que levantaran todo el empedrado de las calles por miedo a que resbalara su cabalgadura. Pero la prudencia no pone a cubierto del destino.”

Sharaf murió finalmente en el campo de batalla: se le encabritó el caballo en un momento de calma, sin que nadie lo atacara, y murió tras la caída. De esta manera murió haciendo cierta aquella profecía maldita, haciendo vano cualquier esfuerzo de intentar evitar su aciago destino.

 

Fuente principal: Las cruzadas vistas por los árabes, de Amin Maalouf.
Imágenes: Wikipedia.

 

 

martes, 24 de octubre de 2017

El Cid, ¿un mercenario?

La figura histórica de Rodrigo Díaz, el llamado "Cid Campeador", ha sido y sigue siendo manoseada y maltratada tanto en el pasado, en la época franquista, como en la actualidad. El afamado héroe castellano vivió en una época en la que una España unida y cristiana, frente a un enemigo musulmán, es simplemente una idealización: la Península Ibérica durante la Edad Media era un crisol de reinos musulmanes y cristianos que luchaban de una manera desordenada entre sí, con la única intención de sobrevivir y hacerse más grandes para no acabar siendo absorbidos. Ante este panorama, no es de extrañar que algún reino cristiano se aliara con el reyezuelo de alguna taifa para luchar contra otro monarca musulmán, a su vez aliado con algún señor católico. No importaba la religión del enemigo, si no como lograr más poder. El mundo era así de complicado por entonces.

En cambio, en la actualidad, decir que el Cid era un mercenario, sin más, es un mantra demasiado usado, sin tener en cuenta que la biografía de este noble castellano es mucho más rica y nos da una serie de datos de gran interés que nos descubren la historia apasionante de un hombre hecho a sí mismo, y de unas cualidades excepcionales, aún teniendo en cuenta la parquedad de las fuentes y la siempre posibilidad de que el mito contamine las mismas, con ropajes legendarios adornando sus hechos y batallas.








Decir que Rodrigo era un señor, al mando de una mesnada compuesta de fieles guerreros, al servicio de reyes musulmanes unas veces, y otras al de cristianos, según se presentara la ocasión, aparte de ser una información parcial e incompleta, es como decir que Hitler fue simplemente un cabo alemán que luchó en la I Guerra Mundial, o que Churchill fue aquel joven y apuesto oficial británico que participara en la carga de caballería de Omdurmán a finales del siglo XIX. El Cid fue mucho más.

 Al revisar la lista de batallas en las que participó, o bien al mando o no, se puede comprobar que no solo fue capaz de sobrevivir a todas ellas con éxito, que teniendo en cuenta el gran número de ellas es de admirar, si no que salió victorioso en su totalidad. Lo que quiero decir con esto es que no solo estamos ante la figura de un gran guerrero mítico, si no que es palpable que el Cid fue un gran estratega de la Edad Media europea. A esto hay que añadir el hecho de que venciera a múltiples enemigos, tanto cristianos como musulmanes, con tácticas diferentes y guerreros determinados. Así, por ejemplo, venció en la batalla de Cabra (1079) a otro guerrero castellano, el alférez real García Ordoñez, reforzado con las tropas musulmanas del rey taifa de Granada; En la batalla de Almenar (1082) venció al conjunto de tropas catalanas (Berenguer Ramón II) y musulmanas de Lérida; y aplastó a los invencibles almorávides en la batalla de Cuarte (1094) sin ayuda, y con su aliado Pedro de Aragón en Bairén, tres años después.

Rodrigo Díaz, además de ser un gran director de tropas en los campos de batalla, como se ha visto hasta ahora, resultó ser un maestro en la técnica de asaltos a fortalezas, un arte distinto al de la batalla campal, como es muestra la conquista de la muy importante ciudad de Valencia en el año 1094. Resumiendo, el castellano dominada todos los terrenos del arte de la guerra de su época.

Además, demostró que tenía una gran visión política ya que manejaba el uso de las alianzas siempre con gran maestría. No hay nada más que ver que unas veces se unía en sus objetivos lo mismo a reyes musulmanes como a reyes cristianos, como con Pedro I de Aragón para luchar contra los almorávides. Estos procedían del norte de África, donde habían construido un imperio de grandes dimensiones, que acabarían por absorber toda la España musulmana, y con pretensiones abarcar el resto de la Península en manos de los diferentes reinos cristianos. Eran fundamentalistas radicales -el equivalente al actual Estado Islámico o Isis- y vencieron en múltiples ocasiones al rey de Castilla Alfonso VI, que fue incapaz de frenarlos. El único que pudo hacerlo fue el Cid, cuando era ya señor de Valencia, y había dejado de servir a su antiguo señor, el monarca castellano Alfonso.

El triunfo de su diplomacia es palpable en el hecho de que sus dos hijas fueran casadas con infantes de los principales reinos peninsulares. Así, Cristina, la hija mayor del Cid, contrajo matrimonio con Ramiro Sánchez de Navarra, de cuya unión nacería el futuro monarca García IV Ramírez, "El Restaurador". Además, la hija menor, María, contrajo matrimonio con Berenguer Ramón III "El Grande", conde de Barcelona, y gracias a su descendencia llegarían los genes de Rodrigo hasta el actual rey de España, Felipe VI.

Pero donde radica su verdadero éxito es en la construcción de un señorío independiente en Valencia. La carrera de este noble fue meteórica y siempre en ascenso, y solo ayudado por sus méritos propios, de sobra conocidos. Su fuerte brazo en las batallas, y su talento militar y político fueron las únicas herramientas que lo llevaron a lograr ser soberano de su propio destino. Tras ser desterrado por su señor, Alfonso VI de Castilla, hasta en dos ocasiones, y no sin falta de razón (en 1081, por saquear la taifa de Toledo que era tributaria del rey de Castilla, y en 1088 por no llegar a tiempo a Aledo para aliviarla de un asedio musulmán), el héroe castellano decidió que había llegado la hora de mostrar sus cartas y forjar su propio reino. Y, aunque su esposa doña Jimena lo heredó a su muerte (1099), la verdad es que la supervivencia de la Valencia del Cid no pudo continuar porque el que la creó era el único que podía sostenerla. A eso hay que añadir que su único hijo varón, y seguro heredero, Diego, había muerto en combate en 1097.

Si miramos más allá de los Pirineos, podemos observar que el ejemplo de superación del Cid, es decir de nobles que ascienden a reyes por su valor y su audacia, es más habitual de lo que nos podemos pensar. Así, en Normandía, el duque Guillermo pudo hacerse con el trono de Inglaterra tras los sucesos de 1066. El caso de Harald Hardrada de Noruega es también muy significativo: tras participar con 15 años en su primera batalla marchó al exilio, ofreciendo sus servicios a los soberanos de Kiev o Bizancio, ganando fama, fortuna y experiencia guerrera, retornando a Noruega para valer su derecho al trono; sus gestas fueron narradas en las sagas escandinavas. Y para acabar con este somero repaso, se pueden incluir los diversos nobles que marcharon a las cruzadas, donde forjarían diversos reinos como es el caso del noble francés Godofredo de Bouillón que se proclamaría rey de Jerusalén.


Fuente principal: El Cid, de José Ignacio Lago y otros.

jueves, 22 de octubre de 2015

Las otras "Bodas rojas" de la Historia.

Antes de empezar, os invito a que conozcáis la entrada de este blog que trata sobre la famosa Boda roja, de la serie de novelas Canción de hielo y fuego.

Durante la Edad Media, había que pensárselo dos veces antes de aceptar una invitación para comer, sobre todo si era para que asistiera toda la familia, el clan o algún grupo social, ya que era un momento idóneo para que los comensales, contentos de vino y con la panza llena, ofrecieran un blanco fácil para ser eliminados por un anfitrión ambicioso y cruel, que no le importaba pagar la cuenta sí, a cambio, podía eliminar a una gran cantidad de personas que le suponían una gran molestia, o les consideraba tan enemigos que eran dignos de ser traicionados y muertos, incumpliendo así toda norma esencial de hospitalidad e incluso de humanidad.

De todas las historias que voy a narrar, destaca un personaje que, si nos creemos todo lo que dicen las crónicas de él, era especialmente frío y sádico, por encima de todos los demás. Me refiero a Vlad Tepes, la misma persona que inspiró el Drácula de Bram Stoker.

Con la mente de un dictador al uso, Vlad pensaba que lo fundamental era tener a un país controlado y en orden para que las cosas funcionaran lo suficientemente bien, sin importarle lo más mínimo el individuo, cuando lo que estaba en juego era el bien común. Y entonces, de una manera tan sumamente pragmática, ideó la forma de eliminar a los pobres, a los lisiados y a los leprosos (es tan evidente, como es que nadie salvo a él se le ocurre algo tan genial... -que conste que estoy ironizando-). Como toda esa gente no servía para nada, es decir, que no aportaban nada productivo al Estado, y se dedicaban todo el día de modo ocioso a pedir limosna para intentar subsistir, les convocó a un festín.

Tras disfrutar de las viandas y de las bebidas aquellos que no estaban acostumbrados a ello en absoluto, Vlad Tepes, el voivoda de Moldavia, el malvado de la Historia y de las novelas de terror, les hizo una pregunta de lo más inocente, que era que si querían verse libres de preocupaciones y de privaciones. Y, como es natural, los mendigos del reino dijeron al unísono que sí (a ver, a quién le gusta vivir en la miseria y pasando hambre). Ante el asombro de sus vasallos (que a esas alturas ya estarían vacunados de espanto el ver como se las gastaba su jefe), Tepes mandó encerrar a todos los comensales y que le prendieran fuego al edificio donde se había realizado la última comida de los desheredados del reino. Ninguno saldría con vida y Tepes intentó justificar su malvada acción diciendo que la pobreza se podía erradicar eliminando a los pobres.


Vlad Tepes


Ramiro II (1134-1157) fue rey de Aragón. Siendo el hijo menor de Sancho Ramírez, no le quedaba a su alcance sentarse en el trono por lo que siempre anheló hacer carrera en la Iglesia católica, por lo que es conocido con el sobrenombre de el monje. Sin embargo, las circunstancias le hicieron ceñirse la corona, ya que sus dos hermanos mayores habían muerto sin descendencia.

En aquella época había una serie de nobles arrogantes en Aragón que no se comportaban con la debida consideración hacia su monarca. Eran tales los desaires que se permitían a su real persona, que llegaron a causarle un gran enfado (¿posible debilidad de carácter de Ramiro?, puede ser). Como se ve que no tenía gente de valía a su alrededor que le dieran algún buen consejo, el rey recurrió a su antiguo maestro, el abad de San Ponce de Tomeras, que le transmitió la simple idea de que las coles que sobresalen de un huerto deben de ser cortadas para que este quede de manera uniforme. Entonces, Ramiro entendió lo que debía de hacer...

Aunque la historia de todos estos sucesos se escribieron dos siglos después de los hechos reales, y la historia en sí pareciera en varios aspectos legendaria, los eruditos, que han estudiado las fuentes, han visto evidencias que en lo esencial si que pudo ocurrir de manera cierta la historia de la conocida como Campana de Huesca.

Ramiro el monje, siguiendo el consejo de su antiguo mentor, llamó a los díscolos nobles más prominentes del reino, para mostrarles una campana que iba a realizar y, que según sus propias palabras, iba a ser oída en toda Aragón. Entonces, obedientes esta vez a su soberano, aceptaron la invitación intrigados por ver aquel objeto. Lo que no sabían es que les esperaba la muerte a todos ellos.

Uno a uno fueron entrando confiados en la sala real, donde serían descabezados sin piedad. Una vez reunidas sus cabezas, fueron dispuestas haciendo la forma de una campana. Por último, fue llamado el obispo de Huesca, el principal enemigo del rey, que, horrorizado al ver al sangriento panorama, le fue preguntado si la campana estaba completa, a lo que el asustado religioso diría que sí. El rey, antes de mandar descabezarle, le respondió que le faltaba el badajo, y que su cabeza haría esa función.


La Campana de Huesca, de José Casado de Alisal


La vida de Roger de Flor (1266-1305) es digna de novelas y películas de acción. Siciliano de nacimiento, antes de convertirse en comandante de los legendarios almogávares, vería  con sus propios ojos como caía el último bastión de los cruzados, cuando las hordas musulmanas asaltaron la ciudad de San Juan de Acre (1291), ya que como caballero templario tuvo que luchar en favor del cristianismo.

Expulsado de la orden religiosa, se puso al servicio del rey de Aragón, como capitán de los almogávares, participando así en la conquista de Mallorca y Valencia. Más tarde, también participaría en la conquista de la isla de Sicilia, siempre al servicio de los aragoneses.

La compañía de los almogávares, incluido su capitán, Roger de Flor, fue contratada por el emperador de Bizancio, Andrónico II Paleólogo, ya que se veía acosado por un nuevo enemigo que profesaba la religión del Islam; eran los turcos otomanos. Al mando de más de 5000 hombres de la Compañía catalana, Roger de Flor se pondría a luchar de manera efectiva contra el nuevo peligro que se cernía sobre el mundo occidental cristiano, aunque fuera de manera interesada, y bien pagada. Fueron tantos los éxitos de Roger y sus hombres, entre los que se encontraban españoles de todos los rincones de la Península Ibérica o de otras naciones, sobre ejércitos mucho más numerosos, que el emperador bizantino le nombró jefe de la flota y le entregaría, incluso, la mano de su propia sobrina.

Eran buenos tiempos para Roger que, más tarde, vencería de una manera decisiva a los turcos en la región de Cilicia: unos 8000 almogávares aplastaron a cerca de 30.000 otomanos, produciéndoles 18.000 bajas. Fue tal la magnitud de la victoria, que Bizancio pudo respirar tranquila durante unos cuantos años.

El 5 de abril de 1305 fue organizado un banquete para honrar al brillante capitán, al cual asistieron un centenar de destacados almogávares y el mismo Roger de Flor. El hijo del emperador, Miguel IX, lo había organizado todo: el sitio, la comida, la bebida... e incluso la manera en que habían de ser eliminados. No se saben bien las razones por las que se decidió la muerte de quien tanto beneficio había aportado al reino. Puede que Roger quisiera tomar posesión de los territorios que había conquistado, puede que hubiera acumulado demasiado poder, puede que los celos y las envidias hubieran florecido en los corazones de los más prominentes bizantinos de la corte. El caso es que el gran héroe de los almogávares no merecía una muerte tan indigna como a la que fue sometido, aunque ello acrecentara su leyenda.

Lo que siguió después se le conoce como la Venganza catalana, pero eso es otra historia.


Roger de Flor




Para acabar, voy a hablar del mismo personaje con el que empecé, Vlad Tepes. Cuando llegó la Pascua de 1459, no quiso pasar las fiestas solo. Por lo tanto, invitó a los boyardos (nobles) más prominentes a un gran banquete. En el momento cumbre del mismo, cuando todos estaban ya satisfechos con la comilona, les propuso un juego de adivinanzas. Les preguntó que a cuantos voivodas (príncipes o gobernantes) recordaban. Hay que tener en cuenta que los boyardos eran los que promovían su ascenso y su caída; si un príncipe se humillaba a sus intereses lo mantenían en el trono, y si no les seguía el juego simplemente lo eliminaban de la manera más atroz, como hicieron con el padre de Vlad y su hermano (el primero muerto por apaleamiento y el segundo cegado).

Ante la pregunta, los más viejos respondieron que recordaban a unos 30, y los más jóvenes a unos 8, siendo todas unas cifras que indicaban el poco tiempo de gobierno de los distintos voivodas. Después, Vlad Tepes les hizo otra pregunta, que si no les parecían demasiados príncipes, y sin dejarles contestar, les dijo: "es por culpa de vuestra infamia, que lo contamina todo". Se suspendió el festín, se empalaron a los ancianos y sus mujeres, mientras que los más jóvenes fueron condenados a trabajos forzados hasta que sus costosos trajes de Pascua cayeron en harapos. Se confiscaron los territorios de los boyardos ejecutados y fueron concedidos a pequeños nobles y campesinos libres.






Fuentes:

-Drácula, de Ralf-Peter Märtin.
-Wikipedia.





domingo, 15 de marzo de 2015

Los reyes caídos en la batalla.

Ser monarca era un oficio peligroso en la Edad Media. Además de gobernar, debían hacer acto de presencia en los campos de batalla dando ejemplo a sus huestes, compartiendo así los riesgos de un combate. Haciendo la función propia, también, de un general, los reyes se solían colocar en la retaguardia y se rodeaban de un selecto grupo de adiestrados y fieles guerreros que hacían la función de guardaespaldas. Si el rey caía, era porque sus fieles soldados de élite ya habían muerto intentando salvar la vida de su señor.

Hubo tres grandes monarcas ingleses que murieron así, espada en mano, con valor. Empecemos por orden cronológico:

-Harold II Godwinson fue el último rey anglosajón. Su ascenso al trono fue tan rápido como su caída (podéis ver las entradas de mi blog relacionadas con el tema). Fue proclamado a la muerte de  Eduardo el Confesor que no dejó descendientes. En la batalla de Hastings se rodeó de un selecto grupo de guerreros houscarles, muy bien armados y fieros, cuya ética guerrera provenía de siglos pasados: no podían sobrevivir a su rey. Hay un representación de su muerte en el afamado Tapiz de Bayeux, un documento gráfico único (una auténtica joya de la historia):

La interpretación más plausible de esta escena es la de que el rey Harold aparece dos veces: primero, como el guerrero que sujeta una flecha que se le ha clavado en el ojo, y , después, como el que cae rematado ante la espada de un caballero normando.


Según una crónica del siglo XII posterior a los hechos, el cadáver del rey Harold no pudo ser identificado en un primer momento debido a las terribles heridas que sufrió en la cara, causadas por la flecha que le atravesó uno de los ojos (posiblemente sufrió más daños por otros medios). Tras reconocer las marcas características de su cuerpo, cuestión que muy poca gente conocería, su viuda pudo identificar a su esposo entre montones de cadáveres, pudiendo ser enterrado.

-Con la muerte de Harold en 1066 acaba una era en Inglaterra y empezaba otra, la de los normandos. Uno de sus más afamados reyes-guerreros fue, sin duda, Ricardo I Corazón de León. Gran monarca, hijo de grandes reyes (Enrique II de Inglaterra Leonor de Aquitania), cruel a veces (célebre fue una matanza protagonizada por él en Tierra Santa), archienemigo del gran líder musulmán Saladino, capturado y hecho prisionero por un rey cristiano cuando regresó de las Cruzadas... en fin, de la vida del rey Ricardo se saben muchos detalles, aunque no ocurre lo mismo con su muerte, que aconteció en 1199, mientras sitiaba el castillo de un noble díscolo en el norte de Francia. Una flecha perdida alcanzó a Ricardo que decidió asaltar la fortaleza igualmente. Una vez tomada, los médicos intentaron salvar la vida de aquel que tantos combates había protagonizado, pero no pudieron hacer nada para evitar su fallecimiento. Aquel día murió un auténtico rey legendario.

-En cambio, el rey Ricardo III, aquel que ha sido recientemente identificado con técnicas modernas de análisis de ADN, y cuyos restos fueron hallados hace poco debajo del suelo de un parking, nunca ha gozado de la magnífica reputación de Ricardo Corazón de León. Al contrario, de una manera injusta quizás, ha sido acusado de la muerte de sus dos sobrinos, cuya desaparición le permitió acceder al trono de Inglaterra. Además, el escritor universal Shakespeare no le dejó en muy buen lugar cuando escribió la obra de teatro que lleva el nombre del rey inglés del que estoy hablando. El caso es que una terrible guerra civil asoló Inglaterra en la fase final de la Edad Media. El motivo principal de tal contienda era que una dinastía debía de conseguir el poder. Por un lado estaban los York, y del otro los Lancaster, y la batalla decisiva se libró en Bosworth, en 1485. Nunca se sabrá si Ricardo III fue el verdugo de sus sobrinos, pero lo que si es cierto es que ese día fue traicionado por algunos de sus nobles, y ese factor contribuyó a que fuera derrotado y muerto; todas las fuentes escritas, incluso las de sus enemigos, aseguran que murió empuñando un arma hasta que fue rodeado, y muerto luchando con extraordinario valor. Su cadáver fue ultrajado y exhibido ante la mirada indiferente del noble que ganó la batalla, la corona y la partida, Enrique Tudor, el futuro Enrique VII. Las decena de heridas graves que presentan los actuales restos del monarca certifican la muerte violenta que sufrió Ricardo III durante la terrible batalla.


Ricardo III en la batalla final.
 
 
 
 
Bibliografía:
-El auge de los Tudor, de Christopher Gravett.
-La formación de Inglaterra, de Isaac Asimov.
-Hastings 1066, de Christopher Gravett.

sábado, 27 de septiembre de 2014

¿Existió "el Cid"? ¿Venció en alguna batalla estando muerto?

Rodrigo Díaz de Vivar (C. 1048-1099), "el Cid", fue una figura genuinamente histórica y fundamental en la época de la Reconquista. Su vida y milagros están atestiguados en varias fuentes históricas, tanto cristianas, como la Historia Roderici y el Carmen Campidoctoris, como musulmanas, un escrito del autor Ibn Alquama (perdido pero reflejado en otras obras cristianas posteriores) y otro de Ibn Bassam. La primera mencionada, la Historia Roderici, es una biografía bastante fiel y compuesta de manera casi contemporánea a su vida, lo que la hace ser de extraordinario valor historiográfico.

La historia del Cid es la de un guerrero que, una vez desterrado por orden de su rey, Alfonso VI de Castilla, y privado de todos sus bienes, emprende la tarea, junto a su familia y sus hombres de armas, de ganarse a sangre y espada su propio reino. De esta manera,  Rodrigo se hizo dueño de su  propio destino y de unas tierras, con capital en Valencia, arrebatándoselas a los musulmanes.


Escultura de el Cid en Burgos.


Uno de los momentos cumbres de su carrera, fue cuando tuvo que enfrentarse con sus hombres en la batalla de Cuarte a un ejército procedente del norte de África, compuesto de temibles guerreros almorávides, fundamentalistas musulmanes, venidos para ocupar toda la península Ibérica,  y venciéndolo de una manera aplastante.

Si hacen falta más pruebas para demostrar su existencia, la firma del héroe castellano se ha conservado en un diploma de dotación a la Catedral de Valencia de 1098:


Además, sus restos y los de su mujer se hallan en la actualidad en la Catedral de Burgos, debajo de una lápida de mármol rojo:



La leyenda dice que el Cid venció en una batalla a los moros tras ser muerto: ataron su cadáver a la montura de un caballo, de tal forma que pareciera que lo montara. Los soldados enemigos al pensar que había muerto en el anterior combate, huyeron despavoridos al ver en el campo de batalla a un guerrero que parecía que nada podía acabar con él.

No hay ninguna fuente histórica que mencione este legendario episodio. Pero si hay un base que pueda explicar la maravillosa historia. Tras la muerte de Rodrigo, según parece no fue en combate, su cadáver fue embalsamado y expuesto en el trono. Esta costumbre proviene de los ritos funerarios romanos. Es posible que la imaginación popular se ocupara de convertir un ritual funerario en una fantástica anécdota.


Fuente principal: El Cid. La espada de la Reconquista, de José I. Lago y Manuel G. Pérez.

miércoles, 6 de agosto de 2014

¿Porqué fue Luis VII a las Cruzadas?

Luis VII de Francia fue coronado antes de que su padre, el rey Luis VI, falleciera. La tradición de los primeros Capeto de asociar a sus hijos al trono era la manera de evitar las luchas por el poder que se solían producir al morir los monarcas. En esa época el rey de Francia era, en realidad, un señor feudal más entre otros que, teóricamente, estaban el servicio del monarca. En la práctica, había nobles con más tierras y más poder. Las tornas cambiaron un poco cuando Luis se casó con la bella heredera de Aquitania, la famosa Leonor, e incorporó sus extensos dominios a la corona. Entonces, su poder patrimonial aumentó considerablemente, aunque la situación no iba a durar mucho.

Los testimonios de la época nos hablan de que Luis era un hombre piadoso, con un carácter muy distinto a la de la alegre Leonor, entusiasta del amor cortés y de los torneos de caballeros. Cuando se puso en marcha la Segunda Cruzada, Leonor se incorporó a ella, no pudiendo oponerse a ello su enamorado esposo. La empresa fue un fracaso, al igual que el matrimonio de los dos jóvenes, que fue anulado al poco de regresar a Francia. Tal vez tuviera que ver en algo la supuesta relación que Leonor tuvo con su tío, Raimundo de Poitiers. Según nos cuenta el historiador de la época, Guillermo de Tiro: "al contrario de lo que era esperable de su dignidad real, Leonor renegó de sus votos matrimoniales y fue infiel a su marido".


Luis VII de Francia.


No está claro si la infidelidad fue consumada. La realidad fue que Leonor se divorció y encontró un nuevo marido, el que sería el rey de Inglaterra Enrique II. Además, el territorio de Aquitania pasaba de Luis a Enrique, desequilibrando la balanza de poder. Fue tan vasto el dominio del nuevo esposo de Leonor, que pasaría ha llamarse el Imperio anglo-angevino.


Leonor de Aquitania.


Ahora bien, ¿cuál fue la razón por la que Luis VII se fuera a las Cruzadas? En una época en la que los matrimonios eran de conveniencia y se hacían sin amor, en las que las alianzas eran para obtener más poder, en la que los reyes carecían de escrúpulos para conseguir sus objetivos..., es difícil encontrar motivaciones un tanto, digámoslo así, más honestas para realizar alguna acción.

En 1442 ocurrió algo terrible en la vida de Luis que le hizo estremecer. Algo de que le hizo arrepentirse en lo más profundo, y por la que emprendió toda una cruzada para encontrar algo de consuelo y poder expiar sus tormentos. En ese fatídico año, estaba en guerra con el conde de Champaña. A 140 km del este de París, había un castillo que las tropas del rey de Francia habían tomado. Tras la lucha le prendieron fuego. Las llamas, sin control, se extendieron a una iglesia vecina, donde se habían refugiado los civiles que huían de la bestia de la guerra. En cambio, se encontraron con la muerte y la desolación. No era su intención, pero Luis tuvo que soportar la carga de ver los cuerpos de 1300 personas inocentes totalmente calcinadas.

Parece ser que esa fue la verdadera razón por la que emprendió su cruzada.


Bibliografía consultada:

-La formación de Francia, de Isaac Asimov.
-Desastre en Damasco, de David Nicolle.
-Wikipedia.