Buceando en la leyenda

Buceando en la leyenda

sábado, 28 de mayo de 2016

El tío de Picasso.

Uno de los más grandes creadores que ha nacido en suelo español ha sido y será el inmortal pintor malagueño Pablo Ruíz Picasso (1881-1973), el creador de obras tan universales como el llamado Guernica. Aunque no voy ha hablar de él, sino de su tío segundo, el mucho menos conocido general Juan Picasso González (1857-1935), también nacido en Málaga, y de una gesta, casi de leyenda, llevada a cabo en las calurosas arenas del norte de Marruecos a finales del siglo XIX por él mismo y su valiente caballo, llamado príncipe.

El general Picasso fue artífice del llamado expediente Picasso, encargado por el entonces ministro Juan de la Cierva, para dar luz a la serie de trágicos acontecimientos sucedidos en el sangriento verano de 1921 en el norte de África, y que costaron la vida a 10.000 soldados españoles en una de las más amarga derrota que haya sufrido el ejército de España en toda su historia: el llamado Desastre de Annual.

Pero, como he dicho al principio, voy a hablar de la cabalga inmortal que propició Picasso cuando era un joven oficial, y amante de los caballos, recién salido de la Academia de Estado Mayor.


Cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau que representa jinetes españoles de la época.



El 9 de octubre de 1893, a Picasso le asignaron al antes mencionado caballo llamado príncipe, que había pertenecido al coronel Guillermo Iriarte. Apenas tres semanas después se iban a poner a prueba tanto la montura como el jinete en una peligrosa misión, que en otro país que no sea España seguro que hubiera tenido un mayor reconocimiento.

El general Juan García Margallo (1839-1893), bisabuelo del actual ministro de Asuntos Exteriores del gobierno de Mariano Rajoy, José Manuel García Margallo, era en esa época gobernador de Melilla. Por entonces estalló un conflicto con las cabilas rifeñas porque se quisieron construir unos fuertes militares cerca de la tumba del santo rifeño, Sidi Guariach; se la llamó la guerra de Margallo.

En una fase de la campaña, el general Margallo quedó cercado con sus tropas en el fuerte de Cabrerizas Altas por las fuerzas rifeñas. Como la situación era desesperada, se pidió un jinete voluntario para que atravesara a todo galope un terreno lleno de enemigos sedientos de sangre, hasta el próximo fuerte español de Rostrogordo. Sin dudarlo un instante, el joven e impetuoso Picasso se ofreció para llevar a cabo la acción casi suicida. Aunque aceptó una escolta de 25 jinetes, enseguida se quedó solo cuando salió de la posición española cercada, y llegó como una exhalación a Rostrogordo, después de haber servido de blanco a cientos de rifles enemigos.


Muerte del general Margallo.


Cuando pensaba que ya había completado su difícil misión, y que desde el fuerte español se podría comunicar con Melilla para que se le enviaran refuerzos a las asediadas tropas del general Margallo, la preocupación volvería al semblante del valiente jinete andaluz cuando le dijeron que las comunicaciones con Melilla eran imposibles porque, entre otras cosas, los cables telefónicos estaban cortados. Además, para completar el drama, las tropas enemigas empezaban a cercar la actual posición donde se encontraba Picasso, que empezaba a comprobar que su cabalgada había sido inútil.

Como un auténtico héroe, Picasso pidió completar su misión, y proseguir su cabalgada hasta Melilla para llevar su mensaje de auxilio. Por delante quedaban tres kilómetros repletos de posiciones enemigas, cosa que ya le resultaba familiar al joven jinete español. Cuando los soldados vieron la cabalgada de Picasso, salpicada de cientos de disparos de fusil, salieron para jalear a su compatriota, y el griterío fue más fuerte que el ruido de las armas rifeñas.

Juan Picasso pudo llevar el mensaje de auxilio a Melilla tras cumplir con éxito una misión casi imposible. El reconocimiento a tan magna empresa fue la concesión de la Cruz de San Fernando. Al año siguiente fue ascendido a comandante, y era general de división cuando le fue encargado el que sería llamado el expediente Picasso.

El general Margallo moriría en la guerra que lleva su nombre.




Bibliografía: Historia secreta de Annual, de Juan Pando.
Imágenes de Wikipedia.


domingo, 15 de mayo de 2016

El sacerdote que apuñaló a un rey.

Durante la segunda mitad del siglo XVI, y mientras que la España de Felipe II vivía en el cénit de su poder imperial, su país vecino al norte de los montes Pirineos, se desangraba en una serie de guerras interminables. Las divisiones religiosas ocultaban una lucha atroz por el poder de las familias aristocráticas francesas más relevantes. De un lado los católicos, de otro la familia real de los Valois, y de otro la de los protestantes, que en Francia eran conocidos como los hugonotes. En definitiva, se produjo uno de los muchos Juegos de Tronos que ha salpicado la historia, y que suelen acabar como ya sabemos: miles de muertos, siendo la mayoría de las clases más humildes, y un nuevo aristócrata subido al trono real.

Como el objeto de este blog es contar historias no demasiado largas, me voy a centrar en uno de los momentos más decisivos de todo el conflicto.

El 1 de agosto de 1589, las tropas reales de Enrique III estaban asediando la siempre importante ciudad de París. Unos meses antes el monarca cometió uno de los muchos crímenes infames que salpicaron la larga guerra civil; había llamado a su presencia al líder del bando católico, el duque de Guisa, que asistió de manera obediente (no se esperaba menos de un leal vasallo, a su llamada). Hay momentos en los que los hombres bajan la guardia ante la amenaza de ser traicionados, y cuando un noble francés es llamado a formar parte de unos Estados Generales, es decir una reunión parlamentaria, fue uno de ellos, ya que el duque acabó siendo presa fácil ante las numerosas estocadas que recibió de los hombres del rey.

Al día siguiente su hermano, llamado el cardenal de Guisa, correría la misma suerte, siendo descabezado de este modo el bando de los católicos. Como se verá más adelante, al rey poco le duraría la alegría.


Imagen que representa el apuñalamiento del rey Enrique III por parte del sacerdote Jacques Clément.


En una época tan violenta, llena de traiciones y asesinatos, sería muy importante poder contar con unos hombres fieles con los que poder cubrirse uno las espaldas. Además de eso, no sería posible confiar en mucha gente. A priori, hay un grupo social que es difícil de sospechar de que pueda mancharse las manos de sangre, y es el de los sacerdotes, o eso, al menos, es lo que debió de pensar el rey aquel día de verano.

A Jacques Clément, clérigo dominico, no le tuvo que sentar muy bien la noticia del mezquino asesinato de los hermanos Guisa, por lo que decidió pagar con la misma moneda a su soberano. Con la excusa de que llevaba cartas importantes desde la asediada ciudad de París, le fue concedida la audiencia personal ante el mismísimo Enrique III de Francia, que recibió al "hombre santo" con la más absoluta de las confianzas. Tanta que no fueron revisados sus ropajes, ya que ocultaban un arma blanca, capaz de matar a una persona por más sangre real que llevara en sus venas de color azul.

Cuando el monarca estaba leyendo la primera de las misivas sintió como la hoja afilada de un puñal atravesaba su bajo abdomen, aunque tuvo el coraje y la fuerza necesaria de sacarse el arma de sus entrañas y, con él mismo, darle una estocada al futuro matarreyes en su mismo rostro que pudo ver. Las heridas fueron letales y moriría la día siguiente el rey de Francia, aunque pudo nombrar como sucesor al protestante Enrique IV, el que sería el primer rey Borbón de Francia.

Así acabó la dinastía Valois, aunque no la guerra. Al monje homicida le esperaba una muerte atroz, como él mismo cabía de esperar: fue desmembrado en público y quemados sus restos, convirtiéndolos en cenizas que acabarían siendo arrojadas al río Sena, para que desaparecieran así para la eternidad.

En la España del siglo XIX tuvimos un caso de apuñalamiento real con muchos parecidos al anterior; se ve que el caso de Clément hizo escuela. En el mismo año de la Revolución francesa (1789) nació Martín Merino y Gómez en Arnedo (La Rioja, España), el que sería conocido como el cura Merino (no tiene nada que ver con el famoso guerrillero de la guerra de la independencia española contra los franceses y que era llamado de la misma forma).

Sin motivos aparentes como los del regicida francés, y sin pertenecer, según su mismo testimonio, a ninguna organización anarquista, que por entonces se empezaban a atentar contra reyes y presidentes en los países europeos, decidió que debía de acabar con la vida de la joven reina Isabel II de España, que en 1852 contaba con tan solo 21 años de edad, y acababa de tener a su primera hija.

Cuando regresó al Palacio Real, después de asistir a una misa en una iglesia de Madrid, un extraño sacerdote se le acercó con no muy buenas intenciones. Una vez más, las sotanas fueron un salvoconducto que guiaron la mano homicida hacia la presencia real, y una vez más fueron los hábitos religiosos los que albergaron el arma mortal, aunque esta vez el azar el que salvó la vida del monarca. La reina vestía un corsé con unos materiales de bastante dureza que impidieron que la herida producida por el estilete del cura Merino fuera mortal. Dicho corsé, que podéis ver en este enlace, era portado por la reina Isabel para recuperar su figura tras el embarazo de su hija.


El cura Merino.


Como al homicida del rey francés Enrique III, el destino del frustrado regicida español fue la muerte atroz, esta vez con previo juicio, a garrote vil, y la incineración de sus restos, que fueron esparcidos en una fosa común.



Fuentes consultadas:

-The french religious wars 1562-1598, de
-Wikipedia.
-Imágenes extraídas de Wikipedia.








miércoles, 6 de abril de 2016

¿Quién fue el arquitecto que se convirtió en un dios?

Si hablamos del antiguo Egipto nos sonarán los nombre de algunos dioses e, incluso, de algunos faraones. Los que han permanecido en el anonimato son los grandes artistas que dieron a la posteridad las magníficas obras de arte que han llegado hasta nuestros días, para que las disfrutemos todos al contemplarlas.

La razón de que los artesanos-artistas faraónicos y arquitectos antiguos permanezcan en el anonimato es debido a que los egipcios no creaban obras de arte, sino piezas destinadas a lugares de enterramiento que, se suponía, iban a quedar selladas para toda la eternidad. Sin embargo hay dos excepciones (se trata de personajes con el título de "supervisor de todos los trabajos del rey"): Hemiunu y de Imhotep.

Este último fue el responsable de la construcción del complejo funerario del faraón Zóser (2686-2667 a.C.), del que destaca la pirámide escalonada, el eslabón intermedio entre la mastaba (las primeras edificaciones de carácter funerario) y las pirámides. También diseñaría la pirámide de Sejemjet, que nunca llegaría a terminarse. La pirámide escalonada se interpreta como una escalera que permite al faraón subir hasta el cielo.


Estatuilla de Imhotep sentado, época tardía, Museo del Louvre (Imagen de Wikipedia). El casco que cubre su cabeza es una evidente referencia a Ptah, y el papiro que reposa en sus rodillas, evoca sus inmensos conocimientos y su condición de patrono de los escribas.


Imhotep (2690-2610) fue un personaje que disfrutó de una posición de privilegio en la corte, pues desempeñó cargos importantes en todos los campos: artístico, religioso (sumo sacerdote de Heliópolis) y administrativo. Su fama fue tal que durante la Baja Época llegó a ser deificado, en parte por su notable catadura cultural y moral, convirtiéndose en un dios sanador y de la medicina, siendo, anteriormente, considerado el patrón de los escribas y la personificación misma de la sabiduría. Esta nueva condición se aprecia especialmente en el Canon de Turín, donde Imhotep aparece como "hijo de Ptah", el dios menfita sabio y docto por antonomasia.

Si vamos al fondo de la cuestión, podríamos considerar a Imhotep como una especie de Hombre del Renacimiento, es decir, alguien que dominaba diversos campos del conocimiento, ya que su vida la consagró al estudio y a la creación; fue sabio, médico (posiblemente fuera el padre de la medicina egipcia), astrónomo y primer arquitecto conocido.


Complejo funerario de Saqqara (Imagen de Wikipedia).



Bibliografía:

-Egipto, de Alessia Fassone y Enrico Ferraris.
-Los primeros faraones, de National Geographic.

domingo, 3 de abril de 2016

¿Qué general francés está enterrado en El Escorial?

Louis-Joseph, duque de Vendôme (1654-1712) fue uno de los mariscales franceses más capaces de la época en la que le tocó vivir, el reinado de Luis XIV. Además de ser un notable militar, era descendiente directo del primer rey Borbón que se sentó en el trono de Francia; era tataranieto de Enrique IV (el que dijo lo de "París bien vale una misa"), eso sí ilegítimo.

La lista de batallas en las que luchó es bastante considerable. Las que ganó fueron muchas, aunque también perdió algunas, como la de Oudernade (1708), ante el mismísimo Marlborough, siendo su mando entorpecido en todo momento por el joven e inexperto duque de Borgoña, nieto de Luis XIV, que fue con el que tuvo que compartir la dirección de las fuerzas galas.


El duque de Vendôme. (Imagen de Wikipedia)


Entró de servicio en el ejército siendo muy joven, con tan sólo 18 años, distinguiéndose por su valor y coraje, llegando al cargo de mariscal en 1702. El proceder de tan noble linaje, aunque sea de forma ilegítima como ya he dicho antes, explica el hecho de que tuviera unos primos tan relevantes, como lo fue Eugenio de Saboya, uno de los generales más laureados de su época. El caso es que tuvo lugar una batalla en Italia, la de Cassano (1705), durante la guerra de Sucesión española (1701-1714) en la que ambos primos tuvieron ocasión de medir su talento al dirigir los ejércitos a los que ambos pertenecían, siendo vencedor el galo. Poco después, a Vendôme lo trasladan al frente de Flandes, y los franceses fueron expulsados de suelo italiano.

Otro de sus ilustres primos, el que llegaría a ser Felipe V, el primer rey Borbón español, le requirió para luchar junto a él en el litigio que se estaba librando en el solar hispano; en la guerra de Sucesión española se combatía por colocar en el trono a un rey Habsburgo o a un Borbón, y Vendôme luchaba con estos últimos. Sus victorias en las batallas de Brihuega y Villaviciosa (1710) fueron decisivas para que su primo se alzara con la corona española.


Palacio de El Escorial. Lugar de enterramiento de reyes, infantes y del mariscal Vendôme. (Imagen de Wikipedia).


La ironía del destino quiso que un hombre que venciera a tantos adversarios en los campos de batalla de media Europa, encontrara la muerte de una forma bastante absurda: estando en Vinaroz (provincia de Castellón, España), se organizó un festín en la que se sirvió abundante marisco y el general abusó de los langostinos, falleciendo poco después. Hoy reposan sus restos en el Panteón de Infantes del Palacio de El Escorial, en Madrid, junto a los de tantos hijos e hijas de los que han sido reyes de España. No se merece menos consideración aquel que tanto servicio dio a los Borbones en su momento, gracias a su buena dirección en las batallas de la Guerra de Sucesión española.



Fuentes:
-Wikipedia (en inglés).
-Marlborough, de Angus Konstam.






viernes, 12 de febrero de 2016

¿Existió Mambrú?

Hay un famosa canción infantil que comienza de esta manera:

Mambrú se fue a la guerra,
qué dolor, qué dolor, que pena,
Mambrú se fue a la guerra,
no se cuando vendrá...

El tiempo pasa y Mambrú sigue sin venir, ni para la Pascua ni para la Trinidad. Finalmente un paje anuncia:

Que Manbrú ya se ha muerto,
¡qué dolor, qué dolor, que entuerto!
que Manbrú ya se ha muerto,
lo llevan a enterrar...

Detrás de esta, aparentemente, intrascendente obra infantil, que casi todo el mundo habrá cantado alguna vez en su vida, se esconde una verdad histórica nada inocente, ya que habla de una guerra de verdad y de una persona totalmente real, pero ¿quién fue Mambrú?


John Churchill, el I duque de Marlborough.


Mambrú es la españolización de Marlborough, es decir, de John Churchill (1650-1722), el primer duque de Marlborough, uno de los mejores generales que ha nacido en las islas británicas, y que fue, además, antepasado directo de Winston Churchill, uno de los políticos más influyentes del siglo XX.

Durante la guerra de Sucesión española (1701-1714), Marlborough estuvo en el bando de los países aliados que luchaba contra el bloque borbónico que lo componían las coronas de Francia y España. Tras una serie de victorias de las tropas al mando del general inglés, se produjo la batalla de Malplaquet (1709), en la que los aliados vencieron una vez más a las tropas francesas. La victoria fue de las llamadas pírricas, ya que los vencedores tuvieron casi el doble de bajas. Además, tras acabar la jornada se corrió el rumor de que Marlborough se encontraba entre los muertos del enfrentamiento. Fue tal el regocijo que produjo la noticia que dio lugar a que compusiera la célebre canción que, a la postre, llegaría a ser una de las más populares entre el público infantil.

Aunque hay otras versiones acerca del origen de Mambrú, si esta fuera la correcta no sería la primera vez que una canción infantil tendría origen en un hecho histórico bien conocido. La que habla del puente de Londres (este puente se va a caer, se va a caer, se ha caído), se compuso tras un ataque vikingo sobre Londres por el caudillo, que luego sería rey y santo, Olaf de Noruega.

Para terminar hablaré sobre la relación del Mambrú histórico con otro personaje real que se convirtió en novelesco gracias a la pluma del gran Alejandro Dumas. Durante el asalto a la ciudad de Maastricht (1673), un joven Marlborough luchó codo con codo con el veterano capitán de los mosqueteros, conde d'Artagnan, que encontraría la muerte en aquella jornada sangrienta.

Es paradójico que ambos personajes sean más conocidos en su faceta de ficción que en su cariz meramente histórico. También es interesante constatar, una vez más, que los mitos suelen sobrevivir a la realidad, aunque esta pueda ser tan interesante, o incluso más, que la anterior.


Fuentes:

-Marlboroug, de Angus Konstam.
-El blog  Bellumartis, sobre Mambrú.
-El blog de Reyes, Dioses y Héroes.


sábado, 23 de enero de 2016

Los Barbarrojas de la historia.

El primer Barbarroja importante de la historia fue el emperador del sacro imperio romano germánico Federico I (1152-1190). El sobrenombre fue debido a que poseía una gran barba pelirroja. Es considerado uno de los monarcas más poderosos de la Edad Media. Sus campañas para someter a las revueltas producidas en las ciudades del norte de Italia empeñaron gran parte de sus energías. Cuando encabezaba las fuerzas cristianas en dirección a Tierra Santa murió mientras se bañaba en un río de la actual Turquía. Se creó un mito en torno a su figura, y se decía de él que en realidad no estaba muerto, sino que dormía en una cueva, y los alemanes esperaban que algún día volviera para seguir reinando.


Federico I.


La llamada operación Barbarroja, llevada a cabo por los ejércitos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, fue así llamada en honor al gran emperador germánico. Es una de las campañas militares más ambiciosas y gigantescas de la historia, y tenía como finalidad el conquistar uno de los imperios más colosales que ha habido nunca sobre la faz de la tierra, la Unión Soviética; es decir, el antiguo imperio ruso. Para llevar a cabo tan magna empresa, Hitler reunió más de tres millones de soldados, más de 3.500 carros de combate, 600.000 caballos, 600.000 vehículos de todo tipo, más de 7.000 piezas de artillería y casi 2.000 aviones de combate; una fuerza realmente impresionante.

Cuando se habla del pirata Barbarroja, no es que se trate de un pirata más de los que hicieron fortuna ejerciendo su actividad en las aguas del Caribe u otro lugar de América. Además, aunque no sea muy conocido, en realidad no se trata de un solo pirata sino de dos, que eran hermanos, eso si no contamos otros dos varones, piratas igualmente, que tuvieron menos éxito y resonancia.

Aruj Barbarroja nació en Lesbos, como sus otros hermanos, y fue hijo de una mujer andalusí (musulmana de la Península Ibérica), motivo que puede explicar el hecho de que se dedicara a llevar de manera clandestina a los musulmanes mudéjares desde España al norte de África. Se alió con el sultán turco, y ejerció la piratería en el Mediterráneo contrarrestando las acciones de la Orden de Malta y el resto de las naciones cristianas. Acabó sus días luchando contra los españoles en Tremecén (1518), siendo muerto por el capitán español García de Timeo que llevó la cabeza del pirata como trofeo a Orán donde fue exhibida a modo de trofeo.


Aruj Barbarroja.


Hayradyn (1475-1546) fue un corsario más importante que el anterior. Llamado Barbarroja también (lo llamaron los italianos así por tener un barba pelirroja), y cuyo nombre real era Hizir Bin Yakup, se hizo vasallo del sultán otomano, y se llegó a convertir en una auténtica pesadilla para las naciones cristianas, como España. Fue tal el prestigio que llegó a alcanzar, que le nombraron almirante de la flota turca. Atacó muchas veces ciudades del levante español, como Cullera, llevándose a parte de la población como esclavos. Al igual que hiciera su hermano, Hayradyn trasladó en barco a millares de musulmanes desde España al norte de África.

La lista de ataques a ciudades e islas del Mediterráneo es inmensa, y tras vencer a la flota de la Liga Santa (España, Venecia y el Papa) en la batalla de Prevenza (1538), se aseguró el dominio turco en el mar hasta la batalla de Lepanto de 1571. Ante la imposibilidad de vencerlo, Carlos I de España quiso nombrarle almirante de la flota, siguiendo la máxima que dice que si no puedes con tu enemigo únete a él. Hayradyn declinó la oferta, y siguió siendo leal al sultán, que le colmó de bienes y de títulos.


Hayradyn Barbarroja.


Se construyó un palacio en el Bósforo y pasó sus últimos días allí en la tranquilidad que le ofrecía su hogar, lejos de los escenarios que le habían convertido en una auténtica leyenda, superando la estela de su hermano.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

El gran maestre que fue esclavo: La Valette.

Hay batallas míticas que, aunque no sean muy conocidas, fueron enormemente decisivas para la historia, y plenas de hechos de armas sangrientos con protagonistas valerosos. Una de ellas fue, sin duda, el asedio de Malta de 1565. En una época marcada por el ascenso irresistible del poder turco, que amenazaba con engullir la totalidad del continente europeo, un puñado de caballeros cristianos, de la Orden de Malta, y de otros países como España o Italia, lograron vencer a un ejército enormemente superior dispuesto a conquistar la pequeñísima isla mediterránea, situada al sur de Sicilia.

De todos los soldados valientes que allí lucharon, tanto del bando turco como del cristiano, destacó la figura del gran maestre de la Orden, el anciano de 70 años, Jean Parisot de la Valette, auténtico héroe de la gesta y pilar de la resistencia a ultranza, que ha dado nombre, con todo merecimiento, a la actual capital de la nación maltesa.


Jean Parisot de la Valette.




Nacido en la Provenza francesa en 1494, La Valette tuvo numerosos antepasados que lucharon durante la época de las Cruzadas. Tan claro tenía que su destino iba a ser el ingresar en la Orden de Malta (o de los Hospitalarios, o de Rodas o de San Juan, como también es conocida) que a los 20 años abandonó su casa y su familia para no volver nunca más a verlos.

Aunque tuvo que ver como los caballeros fueron expulsados de la isla de Rodas por los otomanos en 1522, para luego buscar asentamiento en Malta, pudo comprobar antes como cambiaba el rol clásico de caballero montado, por el nuevo de hombres en galeras que hostigaban a los navíos de los infieles. De hecho, La Valette llegó a ser un gran comandante naval, digno de tener su propio buque.

En esa época se le describía como un hombre "bien parecido, alto, sereno, introvertido y políglota; hablaba con fluidez italiano, español, griego y árabe". De una manera más traumática aprendió el turco: en 1541 su galera fue derrotada por el pirata Abdur Rahman Kurst Alí, que le convirtió en un esclavo galeote durante un año. Encadenado desnudo a un banco, remaba entre diez y veinte horas consecutivas, y como único alimento tomaba pan mojado en vino, que metían en la boca de aquel que estuviera a punto de desmayarse. Si un esclavo se desmayaba, era azotado hasta la muerte y, acto seguido, su cuerpo se lanzaba por la borda. Recuperó su libertad en un cambio de rehenes. Esta prueba de fuego forzó al héroe que llegaría a ser.

El ascenso de La Valette fue continuado. Ocupó todos los cargos importantes: gobernador de Trípoli, alguacil de Lango... De él se decía que era capaz de "convertir a un protestante o de regir un reino". En 1557 le nombraron gran maestre de la Orden, aprovechando su cargo para reforzar las defensas de Malta en previsión de un futuro ataque.

Contaba con un eficiente red de espías que, en el otoño de 1564, le permitió conocer los preparativos de un ataque contra la isla. Así pues, pudo llamar a Malta a todos los caballeros de la Orden repartidos por Europa y poner sobre aviso a don García de Toledo, virrey de Sicilia, respecto de los planes del sultán.


Armadura de La Valette.




Al año siguiente se produjo la invasión de Malta. La dirección magistral de La Valette fue decisiva para que los cristianos, muy inferiores en número, pudieran rechazar al invasor. El gran maestre tuvo que tomar decisiones muy duras, como dejar a los defensores del fuerte de San Elmo a su suerte, o volar el puente levadizo que unía la ciudad de Birgu con el fuerte de San Ángel, pero necesarias para ralentizar los avances de los turcos, antes de que llegara la fuerza de socorro española desde Sicilia. Pero a cambio, el anciano militar de 70 compartiría las escasas raciones de comida como si fuera uno más, y lanza en ristre lucharía en primera línea, cuando los turcos penetraban en tromba por las murallas derruidas de Birgu. Sin duda, el ejemplo dado por las acciones del comandante inspirarían a los hombres de malta, y de otros lugares de la cristiandad, para no desfallecer en tan aciagos momentos.




Fuente consultada: La heroica defensa de Malta, de Tim Pickles.




martes, 15 de diciembre de 2015

La historia de un crucero: el general Belgrano

El día 2 de abril de 1982, el viejo crucero argentino general Belgrano se encontraba surcando las heladas aguas del océano Atlántico en algún lugar al sur de las islas Malvinas. Estaba acompañado de dos destructores, uno de ellos armado con los poderosos misiles exocet. La flotilla formaba parte de un plan ambicioso: atacar a la Royal Navy desde varios frentes a la vez. El plan se suspendió, lo que evitó una batalla aeronaval de enormes proporciones, y a todas las unidades navales argentinas se les ordenó que regresaran a puerto seguro, incluido el venerable general Belgrano, que ignoraba que alguien, debajo del agua, le vigilaba y seguía su estela.

El general Belgrano fue un crucero norteamericano botado en 1938, poco antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, de la que tomaría parte  activa en el frente del Pacífico, luchando contra los buques del imperio japonés. Fue bautizado con el nombre de Phoenix, y en diciembre de 1941 se encontraba anclado en el afamado puerto de Pearl Harbour, junto a docenas de barcos estadounidenses que estaban ajenos al combate, ya que los Estados Unidos todavía no habían entrado en guerra.


El ataque a la base aeronaval de Pearl Harbour de 1941 marcó el inicio de Estados Unidos en la contienda mundial y la primera experiencia bélica del barco protagonista de esta entrada.


El 7 de diciembre de ese año, los japoneses desataron un devastador ataque por sorpresa contra la flota yanqui, logrando hundir varios barcos y dañar otro buen número de ellos, haciendo que los Estados Unidos se involucraran por fin en la contienda mundial. El Phoenix tuvo suerte aquel día ya que no sufrió daños; la fortuna no le acompañaría siempre.

Durante la guerra mundial, el crucero norteamericano estuvo presente en innumerables combates y misiones. Hizo de escolta en varias ocasiones, apoyó diversos desembarcos de tropas, combatió contra baterías costeras, evitó los torpedos lanzados desde algún submarino japonés, luchó contra los temibles kamikazes que se lanzaban de manera suicida contra las cubiertas de los grandes barcos..., e incluso sufrió la explosión de las bombas lanzadas por los aviones nipones, que mataron a varios de sus tripulantes. No se puede decir que el barco hubiera estado ocioso durante los años de la contienda. Para redondear su brillante historial, en la batalla naval de Leyte, una de las más importantes de toda la historia militar, participó de forma activa en los combates del estrecho de Surigao.

En 1982, los grandes barcos de enormes cañones no tenían muchas opciones contra los buques modernos armados con misiles o contra los submarinos de propulsión nuclear, como el Conqueror británico, que detectó al ahora llamado general Belgrano, que se retiraba tras recibir la orden por parte de la superioridad argentina. También es verdad, que si el crucero argentino consiguiera ponerse a una distancia adecuada de cualquier barco de la Royal Navy, aunque fuera un gran portaaeronaves, sus cañones eran lo bastante potentes como para hundirlo, y los británicos lo sabían, por lo que no dudaron en ordenar al submarino que lo rastreaba que lo hundiera.


Fotografía del buque hundiéndose el fatídico 2 de abril de 1982.


Aparte de la polémica que suscitara tal decisión, que no es objetivo de esta entrada (podéis visitar otra que si lo trata), lo que si fue evidente es que el hundimiento de la nave, que produjo la pérdida de 323 tripulantes argentinos, hizo que la Marina argentina no volviera a salir de puerto durante el resto de la guerra. Por lo tanto, su hundimiento constituyó una gran victoria, y marcó, de algún modo, el final de época, la de los grandes barcos blindados y artillados.

Como un soldado veterano más que participa en distintas batallas, el general Belgrano estuvo allí cuando se le necesitó, portando una bandera u otra, pero resignado a batallar cuando se le llamaba, como el viejo militar experimentado en la lucha y en la sangre.


Fuentes consultadas:

-The Falklands War 1982, de Duncan Anderson.
-Wikipedia.




martes, 8 de diciembre de 2015

El primer comando de fuerzas especiales de la historia

Cuando se habla de los SAS, de los SEAL o de la DELTA FORCE, que son solo algunas de las unidades de élite más prestigiosas del mundo, podríamos pensar que es un fenómeno reciente en al ámbito militar. Que el contar con grupos pequeños de soldados, altamente entrenados y especializados, y muy motivados para encarar misiones complicadas, pertenece a la historia contemporánea..., y no es así.

La Biblia contiene un pasaje, dentro del llamado libro de los Jueces, que, interpretado con los ojos de un experto, habla de una operación militar llevada a cabo por un grupo pequeño de soldados escogidos. El suceso aconteció hace más de 3000 años, lo que nos da una idea de que, primero la guerra es tan antigua como el ser humano, y, segundo, de que siempre ha habido distintas clases de soldados dentro de un mismo ejército.


Gedeón seleccionando a los 300 soldados.


Gedeón fue el quinto juez de los que nombra el Antiguo Testamento, además de ser considerado uno de los grandes guerreros del antiguo Israel. Como en aquella época estaban en guerra contra los madianitas, hubo una batalla cerca de un manantial. Según cuenta la Biblia, los madianitas contaban con más de 100.000 soldados, mientras que los judíos eran unos 32.000. Aún así, Gedeón escogió solo a 300 hombres excepcionales y altamente motivados para atacar el campamento del enemigo, oculto por la oscuridad de la noche. Los dividió en tres compañías iguales, y les proporcionó espadas, trompetas, y antorchas ocultas en cántaros. En silencio, aquellos guerreros de élite se introdujeron en el campamento de los madianitas, y tocaron las trompetas y sacaron las antorchas creando el caos en las tiendas donde dormían los soldados enemigos, que creyendo que estaban siendo atacados por un ejército mucho más poderoso, emprendieron la huida, dejando multitud de cadáveres por el camino, a manos de unos soldados mucho menos numerosos peros mucho más concienciados y abnegados hacia el bien de su patria y de los suyos.

Los judíos lograron una gran victoria esa noche y el nombre de Gedeón sirvió para bautizar a una fuerza de comandos especiales, al mando del legendario Orde Wingate, formada para combatir a los ejércitos del Eje en el Próximo Oriente.


Fuente: Serie de televisión Soldados, de la BBC.