Buceando en la leyenda

Buceando en la leyenda

domingo, 15 de marzo de 2015

Los reyes caídos en la batalla.

Ser monarca era un oficio peligroso en la Edad Media. Además de gobernar, debían hacer acto de presencia en los campos de batalla dando ejemplo a sus huestes, compartiendo así los riesgos de un combate. Haciendo la función propia, también, de un general, los reyes se solían colocar en la retaguardia y se rodeaban de un selecto grupo de adiestrados y fieles guerreros que hacían la función de guardaespaldas. Si el rey caía, era porque sus fieles soldados de élite ya habían muerto intentando salvar la vida de su señor.

Hubo tres grandes monarcas ingleses que murieron así, espada en mano, con valor. Empecemos por orden cronológico:

-Harold II Godwinson fue el último rey anglosajón. Su ascenso al trono fue tan rápido como su caída (podéis ver las entradas de mi blog relacionadas con el tema). Fue proclamado a la muerte de  Eduardo el Confesor que no dejó descendientes. En la batalla de Hastings se rodeó de un selecto grupo de guerreros houscarles, muy bien armados y fieros, cuya ética guerrera provenía de siglos pasados: no podían sobrevivir a su rey. Hay un representación de su muerte en el afamado Tapiz de Bayeux, un documento gráfico único (una auténtica joya de la historia):

La interpretación más plausible de esta escena es la de que el rey Harold aparece dos veces: primero, como el guerrero que sujeta una flecha que se le ha clavado en el ojo, y , después, como el que cae rematado ante la espada de un caballero normando.


Según una crónica del siglo XII posterior a los hechos, el cadáver del rey Harold no pudo ser identificado en un primer momento debido a las terribles heridas que sufrió en la cara, causadas por la flecha que le atravesó uno de los ojos (posiblemente sufrió más daños por otros medios). Tras reconocer las marcas características de su cuerpo, cuestión que muy poca gente conocería, su viuda pudo identificar a su esposo entre montones de cadáveres, pudiendo ser enterrado.

-Con la muerte de Harold en 1066 acaba una era en Inglaterra y empezaba otra, la de los normandos. Uno de sus más afamados reyes-guerreros fue, sin duda, Ricardo I Corazón de León. Gran monarca, hijo de grandes reyes (Enrique II de Inglaterra Leonor de Aquitania), cruel a veces (célebre fue una matanza protagonizada por él en Tierra Santa), archienemigo del gran líder musulmán Saladino, capturado y hecho prisionero por un rey cristiano cuando regresó de las Cruzadas... en fin, de la vida del rey Ricardo se saben muchos detalles, aunque no ocurre lo mismo con su muerte, que aconteció en 1199, mientras sitiaba el castillo de un noble díscolo en el norte de Francia. Una flecha perdida alcanzó a Ricardo que decidió asaltar la fortaleza igualmente. Una vez tomada, los médicos intentaron salvar la vida de aquel que tantos combates había protagonizado, pero no pudieron hacer nada para evitar su fallecimiento. Aquel día murió un auténtico rey legendario.

-En cambio, el rey Ricardo III, aquel que ha sido recientemente identificado con técnicas modernas de análisis de ADN, y cuyos restos fueron hallados hace poco debajo del suelo de un parking, nunca ha gozado de la magnífica reputación de Ricardo Corazón de León. Al contrario, de una manera injusta quizás, ha sido acusado de la muerte de sus dos sobrinos, cuya desaparición le permitió acceder al trono de Inglaterra. Además, el escritor universal Shakespeare no le dejó en muy buen lugar cuando escribió la obra de teatro que lleva el nombre del rey inglés del que estoy hablando. El caso es que una terrible guerra civil asoló Inglaterra en la fase final de la Edad Media. El motivo principal de tal contienda era que una dinastía debía de conseguir el poder. Por un lado estaban los York, y del otro los Lancaster, y la batalla decisiva se libró en Bosworth, en 1485. Nunca se sabrá si Ricardo III fue el verdugo de sus sobrinos, pero lo que si es cierto es que ese día fue traicionado por algunos de sus nobles, y ese factor contribuyó a que fuera derrotado y muerto; todas las fuentes escritas, incluso las de sus enemigos, aseguran que murió empuñando un arma hasta que fue rodeado, y muerto luchando con extraordinario valor. Su cadáver fue ultrajado y exhibido ante la mirada indiferente del noble que ganó la batalla, la corona y la partida, Enrique Tudor, el futuro Enrique VII. Las decena de heridas graves que presentan los actuales restos del monarca certifican la muerte violenta que sufrió Ricardo III durante la terrible batalla.


Ricardo III en la batalla final.
 
 
 
 
Bibliografía:
-El auge de los Tudor, de Christopher Gravett.
-La formación de Inglaterra, de Isaac Asimov.
-Hastings 1066, de Christopher Gravett.

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